Sobre Retrato de un hilo
Blog
de Álvaro Valverde
Álvaro
Valverde, 8-3-2013
“Su
relato, digamos, es cercano, nos acompaña, nos sugiere. Proviene
más de la duda que de la certeza. Irazoki escribe con palabras
sencillas, sin alardes, con el tono de lo dicho en voz baja, de la confidencia,
de la conversación. Sus versos son tan ‘de verdad’
como él mismo. Al leerlos, quiero decir, tocamos al hombre, percibimos
su condición de pasajero y nos identificamos con su alegría,
con su malestar… Irazoki se declaró hace tiempo a favor de
la alegría, contra el ‘ceño fruncido’, y eso
es algo que agradece el lector. Sí, porque salimos de esos versos
–tan hospitalarios, tan sosegados, tan hondos- renovados; como si
el tedio, la tristeza, el miedo o la indolencia no existieran, como si
hubiéramos conjurado su amenaza de una vez y para siempre”
Diario
de Navarra
Juan
Gracia Armendáriz, 17-3-2013
“Se
adentró en la prosa con dos libros memorables: Los hombres
intermitentes y La nota rota, ambos publicados por Hiperión,
editorial que acoge ahora su último trabajo poético, Retrato
de un hilo. El libro es anterior a los títulos mencionados,
pues su escritura comenzó en Benarés en 1991 y finalizó
seis años después en París. Sus poemas son minerales
forjados por grandes y prolongadas presiones interiores en los que el
autor ha logrado, de nuevo, una luminosa transparencia, fruto de la rara
aleación entre la idea poética y una expresión exacta,
pulquérrima. No hay imposturas, no hay exhibición de imaginería
verbal o rasgos culturalistas. La diferencia entre contenido y expresión
desaparece y el texto consigue que el tiempo se detenga”
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El
Correo
Fernando
Aramburu, 23-3-2013
“La
escritura de Irazoki, pese a su ostensible relieve estético, se
mantiene a cada instante en los tonos sobrios y apacibles, sea cual sea
el asunto abordado. Se trata de una escritura a todas luces depurada,
de vocabulario selecto, provista de una sutil musicalidad en la que no
hay sitio para los recursos conversacionales ni prosaicos, así
como tampoco para la fronda barroca. Es, sobre todo, delicada en su engañosa
sencillez, de forma que a uno le es dado experimentar durante la lectura
una sostenida sensación de intimidad. Bella sin aspavientos, suave
sin edulcoración, es la escritura de un hombre tranquilo que, además
de haber alcanzado la maestría literaria, está dotado de
esa gracia de difícil, por no decir imposible definición,
sin la cual, por muy bien que uno escriba, difícilmente logrará
hacer posible la poesía”
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Blog
de El Rapsoda
6-4-2013
“Con
elegancia sucinta y breve, la inspiración del tiempo detenido,
borroso y meditado, en tonalidades de lenguaje casi etéreas, muy
respiradas y reflexivas, con mirada clara y firme aunque reposada en la
amargura y la piedad, el libro trae ecos del fluir de las cosas que ya
no son ni serán sino memoria emocionada, y de las heridas”
El
Cultural
Túa
Blesa, 26-4-2013
“¿Retrato
de un hilo?, ¿de qué hilo? Como hace saber el poema del
mismo título del libro, ese hilo es el río que fluye, es
el Ganges, la corriente de la vida y el espectáculo de la muerte,
la conciencia de lo pasajero de todas las cosas, de nosotros mismos y
que la mención de la zumaya, al fin ave de paso, en el verso inicial
ya lo anuncia, lo que da idea del cuidado con el que están escritos
estos poemas de redacción, por otra parte, aparentemente sencilla,
pero en el que los detalles, por llamar así a lo que la intuición
poética dicta, importan y les dan el valor, la hondura que la lectura
reconoce… Irazoki habla de la naturaleza, de su ser, de lo cambiante
y permanente, temas recurrentes de la literatura japonesa, por lo que
no es casual que el poeta incluya algunos haikus, de extrema delicadeza,
por cierto”
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El
Norte de Castilla
Fermín
Herrero, 25-5-2013
“En
su conjunto, esta vieja nueva entrega es un poemario sereno, que no en
balde se abre con un jaiku de Issekiro, y contiene cuatro fugas en este
molde estrófico japonés. La búsqueda, a través
del viaje o lo pasajero aun en la costumbre, pero, sobre todo, desde el
amor, orienta un trayecto sosegado, pese al acecho de la muerte -con visión
incluida de los ghats del Ganges en Benarés-, con mirada siempre
compasiva hacia el otro, en particular los desfavorecidos”
Revista
Qué Leer, número 188
Enrique
Villagrasa, junio de 2013
“Su
lenguaje, cada vez más depurado, se reafirma en lo esencial del
verso. Artesanales poemas de tal calado que te conducen tras el espejo”
El
Mundo – Biblioteca en llamas
Juan
Bonilla, 6-6-2013
“Irazoki benarea en su libro de poemas Retrato de un hilo (Hiperión).
Sus impresiones se ajustan a la incesante maravilla, al espectáculo
constante de la ciudad: un espectáculo que obliga a la interiorización,
a examinar, en efecto, al yo. Hay poemas suficientemente descriptivos
y otros que apuntan lo que la ciudad deposita en la memoria del poeta.
Para quien haya estado en Benarés, el libro de Irazoki reverberará
con intensidad. Para quien no, lo que reverberará es la experiencia
-que por mucho que sea sede espiritual y marco sagrado es más física
que metafísica- de un hombre buscando preguntas a la respuesta
taxativa que es el mundo: Esa búsqueda fluye / para que el
hombre no sea / sólo una pausa de la muerte, dice Irazoki”
Revista
Manual de Uso Cultural, número 20
Isabel
Bono, mayo y junio de 2013
“Francisco
Javier Irazoki. Zoki, el hombre sin ‘Ira’ (dijo su amigo Aramburu),
acaba de publicar ‘Retrato de un hilo’ (Ed. Hiperión),
y de un hilo se me quedan suspendidos los pulmones como reliquia expuesta
en una urna. Después de ‘Los hombres intermitentes’
y ‘La nota rota’ no esperaba poemas breves, casi breves. Este
libro será mi nuevo devocionario, con esa preciosa portada que
más que un hilo parece el sueño de un dragón de agua
(si los dragones soñaran y recordaran lo soñado, si los
dragones existieran). Los latidos en la garganta me aseguran que ya me
ha contaminado la sangre, bendita y dulcísima transubstanciación:
‘Esa búsqueda fluye / para que el hombre no sea / sólo
una pausa de la muerte’. El tempo, la respiración.
Chivite dice que la poesía es respiración, Chivite también
sabe, también encuentra (…) Hoy respiro mejor. Leer a Zoki
siempre me hace sentir mejor persona (como mi dulce Vonnegut, como todos
mis dulces santos). Respiro tan bien que abriría la ventana y gritaría:
¡Que alguien me diga cómo consiguen algunos hombres ese gesto
de bondad auténtica a pesar del paso del tiempo y sus devastadoras
consecuencias!”
Diario
Hoy
Enrique
García Fuentes, 22-6-2013
“Hay
escritores que son tan malas personas que yo creo que hasta les pone más
que a otros compañeros de profesión que se reconozca públicamente
-aunque sea con toda la razón- la incuestionable valía de
sus obras, porque les legitima y porque siempre pueden adoptar la pose
fatal y engreída de que la obra está por encima de la existencia
y bla, bla, bla. Pero ¿qué ocurre cuando una obra magnífica
no puede superar la hondura, la calidez, el cariño, la calidad,
en suma, de la persona que la escribió? Pues que el reseñista
tiene que acudir a los usos lingüísticos desmesurados para
que el amable lector crea en la valía de la obra en cuestión
y no se tiña del desmedido sentimiento que el exégeta pone
en ella, prendado, como está, del cariño hacia el autor.
Perdonen que comience así, pero es que, ante todo y sobre todo,
yo no puedo dejar de reconocer lo mucho que quiero (como todos cuantos
le conocemos) a Francisco Javier Irazoki y creo que no tengo por qué
callármelo; así que, por una vez, allánenme el camino,
fíen de mi palabra y compartan la idea fundamental que les transmito:
‘Retrato de un hilo‘ es un precioso libro de poemas que merece
la pena leer y disfrutar; por lo menos a la altura de la calidad humana
del simpar ‘Zoki’ (…) En ‘Retrato de un hilo’
(particular referencia al río Ganges) Irazoki vuelve al territorio
del verso más canónico, sin dejar de asombrarnos con deliciosos
haikús o con amigables versos libres que conducen suavemente el
caudal sereno de su lenguaje, tan surrealista como coloquial. No me puedo
quitar de la cabeza el sonsonete de la conversación de Zoki porque,
manteniéndolo, los versos del libro crecen exponencialmente; son
versos para ser oídos recitar a media voz por su charla tranquila:
la que puede mantener a raya la tristeza que exuda la mayor parte de los
poemas aquí recogidos, el mejor parámetro de la honestidad
lírica que, sin levantar la voz, se apena, se molesta por las situaciones
expuestas”
Blog
literario En busca de otras ítacas
María
Jesús Silva, 29-6-2013
“Poemas
que arrastran placer, que envuelven la pasión que despierta el
amor, el clímax de esa esencia que culmina con un te quiero,
y a la vez te vacía, te eleva. Poemas de luz que empiezan al amanecer
y te llevan hasta la noche donde los extranjeros miran y miran, y preguntan,
y se mezclan con el llanto que les ríe. A ratos queda guardada ‘la muerte imposible’, se esconde en forma de flor ‘entre las hojas de un libro de música’. Transcurrir
de la vida en los objetos diminutos. Hay un deseo de vivir. Pese al dolor
y la muerte, se siente la vida por encima de la muerte. El paso de los
sentimientos por las cosas como si fuera un filtro que limpia. Quemar
algunas naves para seguir dando otro paso y otro. Poemas de búsqueda
y encuentros donde retener las horas y los días azules que serán
un tesoro que los años harán añorar. Ausencias que
se quedan colgando de la vida para siempre en cada estría y en
cada arruga”
El
País, Babelia
Jon
Kortazar, 6-7-2013
“El
poeta residente en París, Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954)
presenta un libro delicado y profundo, una exploración en la búsqueda
del otro, que sirve como un hilo invisible para no ser ‘una pausa
de la muerte’. El texto se estructura en torno a la idea de viaje,
metáfora evidente del paso del tiempo y en sus diversas secciones:
‘Equipajes’, ‘Calle de los viajeros’, ‘Viandantes’,
‘Lindes’, profundiza en ese sentido último del significado.
La quinta sección queda un tanto fuera de foco: ‘Canciones
extranjeras’, escritas originalmente en francés y que aquí
se ofrecen con su traducción. Retrato de un hilo se desarrolla
desde la idea primera de la serenidad ante la muerte, subrayada en una
cita de Issekiro, hasta la última frase en que se cita la imagen
de la arena que al caer ‘sus gotas de reloj / crean la música’.
La muerte, propone el poeta, puede mirarse como posibilidad de creación
artística. Búsqueda del otro: un otro, hindú en su
primera configuración, y peregrino que muestra un camino desde
donde ‘Ven en la existencia un decorado de la travesía’.
Y así viajamos de poema en poema con la coherencia que les ha sabido
transmitir Francisco Javier Irazoki. Cada una de las secciones mantiene
una unidad de significado, como si ese hilo del título apareciera
como metáfora de engarce. Las ideas se desgranan con serenidad:
la vida es travesía y sentido, los demás, los otros, crean
y reflejan las arrugas del rostro de uno, la admiración por el
deseo en la tercera sección, con el amor como asidero ante la muerte,
que se cruza en la vida, y una cuarta sección sobre el ser y el
paso de los ‘lugares innombrables’. Un poemario en el que
la tradición del haiku se une al ambiente del simbolismo francés”
Diario
de Córdoba
Alejandro
López Andrada, 28-9-2013
“Un
poema es un labio con un hilo atado al tiempo. Ese labio pronuncia versos
misteriosos como los de Irazoki: “Días de azul esquivo y
severidad de llanura”. Con un tono a la vez lumínico y crujiente,
Francisco Javier Irazoki traza un mundo en Retrato de un hilo armónico, esencial. Sus poemas son vuelos lentos de avutarda que
acelera, no obstante, un viento melancólico que los llena y los
colma de un celeste resplandor. En una de esas fulguraciones líricas,
el poeta nos pregunta: “¿Era un hombre / el viento que acumula
/ hojas secas / sobre las lápidas?”. Nos atamos en silencio
al hilo de Irazoki y el labio de su poesía va fraguando en nuestro
corazón versos de cuarzo, líquidos horizontes, bicicletas
con manillares de oro y de frambuesas. Javier Irazoki es un poeta mago.
Todo es puro y romántico en este poemario profundo y hermoso”

Sobre Orquesta de desaparecidos
Blog
Déjate de rosas
Fernando
Aramburu, 17-10-2015
“Su
obra es como él. Es la obra de un hombre sereno que escribe desde
una idea positiva de nuestra pasajera existencia, que agradece los dones
de la vida y respeta el idioma. Este nuevo libro suyo, publicado en Hiperión,
lleva por título Orquesta de desaparecidos. Es lo que
tiene acumular años e Irazoki, que pronto añadirá
uno más a la colección, arrastra unos cuantos. Pierde uno
a tanta gente. Son numerosas las personas evocadas por Irazoki en su libro,
no pocas de ellas fallecidas. Con unas tuvo trato directo. Otras merecieron
su veneración por los valores estéticos o morales que representan.
Con todas ha compuesto el poeta su particular orquesta. Y él está
allí, en medio de todos sus músicos mudos, prestándoles
voz con los recursos propios del arte literario, sobre los cuales ha alcanzado
un dominio que salta a la vista […] Me abstengo de vaciar el saco
de elogios sobre el amigo que los merece, pero no los busca ni los necesita.
En todo caso, yo le agradezco al otoño que me haya deparado una
alegría con la publicación del libro de Irazoki y al resto
de las estaciones del año, por qué no decirlo, el sosegado
orgullo de disfrutar de la fraternidad de un hombre bueno, sensible y
con talento”
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Diario
de Navarra
Juan Gracia Armendáriz,
25-10-2015
LOS
DESAPARECIDOS
“Tememos
a las grandes palabras, pero hay lecturas que aúnan dos elementos
difíciles de hallar: verdad y belleza. Francisco Javier Irazoki
(Lesaka, 1954) acaba de publicar en el sello Hiperión su último
libro: Orquesta de desaparecidos. Un hermoso título para
un libro de personajes que han habitado y habitan la vida del autor, a
quienes dedica pequeñas sonatas o prosas que componen una sinfonía
de asombro y hondura, todo ello dirigido por la batuta de un escritor
con una capacidad verbal y sugestiva fuera de lo común. Esta última
entrega se emparenta con Los hombres intermitentes, publicado
en 2006, pero aquí el autor ha dado un paso más allá
en el aspecto confesional. Siempre pudoroso y delicado, residente desde
hace años en un pequeño edén parisino construido
a la medida del mundo, la lectura de su libro tiene el raro don de establecer
a través de la palabra un diálogo íntimo con el lector.
El recuerdo de sus padres, su hermana, la infancia en el caserío
de Lesaka, los amigos, algún poeta y músico que acompaña
sus horas, componen esa orquesta que han construido su biografía
estética y moral. No es sencillo encontrar un escritor con la delicadeza
de Irazoki y su esfuerzo literario y personal por reivindicar la fraternidad.
En Orquesta de desaparecidos, una manzana en un plato, una bailarina,
un mendigo, un viaje, la alegría que le proporciona la lectura
de un libro o la voz rota de un blues son experiencias que Irazoki transforma
en perlas verbales. El dolor está presente, pero siempre como puente
hacia la transmutación. A través de las heridas infligidas
por la vida, el escritor invita al asombro y a la reconciliación
con uno mismo, y por lo tanto con los demás, a través de
una escritura que, como bien advirtió el escritor Juan Martínez
de las Rivas, parece detener el tiempo: sus textos nos mejoran, tanto
en apreciación estética como moral. En mi opinión,
Irazoki no sólo ha experimentado una evolución hacia el
despojamiento y la libertad expresiva sino que ahora nos ofrece el lujo
de su mejor libro”
El
Cultural
Álvaro
Valverde, 30-10-2015
“Con
un aire misterioso, que linda con lo mágico y hasta lo surrealista,
donde las metáforas respiran con la debida naturalidad y no como
artefactos literarios, donde la imaginación se abre paso con el
adecuado sigilo y no con el alarde de la pirotecnia verbal, Irazoki construye
para nosotros una casa habitable de la que nos sentimos de inmediato afortunados
huéspedes [...] Personas y cosas permiten a este `coleccionista
de asombros´ erigir, desde la memoria, una sólida morada
de palabras fundada en la precisión, la lentitud, la delicadeza,
la emoción, la sugerencia y la sensibilidad. En la minuciosa elección
del lenguaje, esmeradamente cincelado, según Aramburu (otro expatriado),
donde se conjuga a la perfección el tono lírico con la veta
narrativa”
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Diario
Hoy
Enrique
García Fuentes, 14-11-2015
“Vuelve
el gran Irazoki […] De profundas raíces vascas y españolas
que el poeta ha aireado convenientemente en su ya larga residencia parisina,
donde toma contacto con lo más cosmopolita que circula por la cultura
francesa, no es de extrañar la franca cordialidad, la profunda
humanidad que recorre y satura sus poemas. En estas breves páginas
encontramos congregadas la infancia, la adolescencia y la juventud vividas
en su tierra de origen con el oreado mundo de su barrio parisino del que
tanta experiencia extrae”
Blog
Corónicas de Inglaterra
Eduardo
Moga, 17-11-2015
“Descubrí
a Francisco Javier Irazoki, navarro de Lesaca, con Los hombres intermitentes,
publicado en 2006 por Hiperión. Me llamó mucho la atención
aquel libro, escrito por un poeta para mí desconocido, porque llevaba
a la práctica algo que yo también estaba intentando hacer,
aunque de forma inarticulada, casi inconsciente todavía: volcar
el verso en la prosa, sin que esta dejara de ser prosa, es más,
siendo prosa, sobre todo, pero también, radicalmente, poesía
[…] Como he dicho, la sorpresa era todavía mayor porque aquel
libro era obra de un poeta que no me era familiar, y porque sumaba a la
insolencia de haber conseguido, de golpe, lo que yo llevaba buscando,
la de haberlo hecho de forma inmejorable […] Irazoki siguió
publicando libros en la misma editorial –lo que demuestra que quien
encuentra un editor que apueste, no solo por un poemario, sino por toda
una obra, encuentra un tesoro– hasta este Orquesta de desaparecidos,
en que reedita y prolonga aquel volumen inicial, o mejor dicho, iniciático
[…] Con Orquesta de desaparecidos confirma y radicaliza
ahora una trayectoria admirable. El quid de este poemario es la fluidez,
la naturalidad, con que su autor logra insertar lo fantástico,
es decir, lo poético, en lo real. Y esa realidad es multifacetada:
se compone de los recuerdos del poeta, de su ya extensa biografía,
y entonces adquiere tintes elegíacos, pero también de la
cotidianidad más inmediata, de los conflictos políticos
actuales, de lo más cercano y abrasivo […] Una fuerte fibra
moral, en la que se confunden lo hedonista y lo estoico, recorre Orquesta
de desaparecidos: una fibra moral que reprueba el dolor y reclama
la piedad, y que sostiene la soberanía de la conciencia individual
frente a las imposiciones doctrinales, como ilustra el magnífico
“Oración laica” […] El surrealismo de sus orígenes
ha dejado una nítida impronta en su poesía presente. Irazoki
opera por sustitución: toma un referente previsible y lo reemplaza
por otro inesperado. La combinación suscita la sorpresa y mucho
más: suscita la emoción […] La sustitución
es briosamente metafórica. El poeta ve en las cosas de la realidad
otras cosas: nunca se queda en la superficie. Su mirada transformadora
no solo transforma el lenguaje: también muda la realidad […]
El poema que da título al libro, Orquesta de desaparecidos,
agrupa esta lúcida melancolía y hace de cuantos se han alejado
de la vida del poeta el motor de su literatura, su melodía existencial:
“sus muertes o su desamor se han convertido en música”.
La muerte asoma, con su resplandeciente rostro negro, al final del poemario:
la muerte de los demás y la muerte propia, sobre la que Francisco
Javier Irazoki solicita en “Testamento”, el último
poema, que se plante “el árbol de la discreción”,
como discreta, pero magnífica, es su literatura”
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Revista
Subverso
Fermín
Herrero, 24-11-2015
“Irazoki
es un poeta siempre forastero pese a esa mirada limpia y compasiva, de
los que no calculan ni sopesan ni coleccionan sus lindes, sino que nos
ofrece un excipiente de poesía verdadera –que “no es
una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta
a la conciencia” – de los días vividos […] Irazoki
es un poeta a secas, un poeta espléndido, con el porte rotundo
y firme de un roble pirenaico, que se permite el lujo de pasear en las
mañanas parisinas la hondura nítida y clara, la lucidez
luminosa, entre melancólica e hímnica, del murciano Eloy
Sánchez Rosillo […] Irazoki es un poeta. Es tal su poder
de convicción, tan manifiesta su autenticidad, tan apegado a ella
y tan armónico el estilo que cuando se acaba ‘Orquesta de
desaparecidos’ nos gustaría ser uno de ellos o marcharnos
a buscarlo a su buhardilla francesa. Irazoki es un poeta valiente del
que se comenta que vive en París, donde pergeña textos conmovedores
con un mimo artesanal, mientras conjura y esquiva la amenaza de las tejas
propensas a desprenderse con la memoria de la guitarra golondrina de Jimi
Hendrix”
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Blog
El Fescambre
Jimy
Ruiz Vega, 25-11-2015
“Francisco
Javier Irazoki ha firmado un texto hermoso y emotivo, una crónica
particular y sincera de su generación, que cuenta en su haber con
el tono sosegado que tanto agradece el lector cuando se trata de una escritura
íntima y sin aspavientos”
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Periódico
Bilbao, suplemento Pérgola
Álex
Oviedo, diciembre de 2015
“Compartimos
con Fernando Aramburu la alegría de la publicación de Orquesta
de desaparecidos, el nuevo libro de Irazoki, que lo emparenta con Los hombres intermitentes, publicado en 2006. En ambos, la poesía
y la prosa se unen para describir la vida del poeta, para mostrarla a
un lector sorprendido por la capacidad lírica del escritor. Cada
poema, cada texto, está envuelto en belleza y dolor, en sentimiento
y emoción, en abrazo y nobleza, en sugerentes imágenes que
nos devuelven al reposo de la lectura. Pero aquí Irazoki va más
allá, se vuelve quizá más testimonial, más
notario de su propia vida al dedicar sus pequeñas prosas a personajes
que habitan su mundo o a quienes han dejado en él una huella: sus
padres, su hermana, su infancia en Lesaka, o esos forasteros que “han
construido lo mejor que transmito”. Poetas, escritores, amigos,
músicos callejeros, un ruiseñor, una bailarina, un mendigo
e incluso objetos como una teja conforman esta sinfonía confesional
e íntima de Irazoki. Textos tras los que el lector mirará
al poeta con la alegría de quien se sabe seducido por la hondura
y la verdad. Por quien descubre en cada línea un poema”
Blog
Fuego con nieve
Antonio
Rivero Taravillo, 04-12-2015
“Ya
me gustaría a mí que tan estupendo título fuera mío,
pero le pertenece, con todas las páginas memorables a las que presenta,
a Francisco Javier Irazoki. Orquesta de desaparecidos es un libro
de prosas de recuerdos, una suerte de Ocnos del Cantábrico
que, al igual que el de Cernuda no se agotaba en Sevilla, este también
da saltos a Madrid o París. Irazoki evoca, que es llamar del pasado,
y lo hace con expresión cuidada y por lo general de una gran belleza
[…] Hay estampas maravillosas de la hermana, de las tierras vascongadas,
de la inclemencia de las grandes ciudades y también de su capacidad
de acogida. De la vesania terrorista en los años más duros
del terrorismo de ETA”
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El
Cultural, columna Vértigos
Eloy
Tizón, 18-12-2015
“En
su último libro, Orquesta de desaparecidos, Francisco
Javier Irazoki nos regala un deslumbrante racimo de prosas breves, exactas
como poemas, pero con la carnalidad jugosa de la mejor narrativa. Son
ficciones vividas, decantadas, de una nobleza, en estos tiempos ceñudos,
casi sobrenatural. El libro entero es una plegaria por los ausentes, no
desde la contabilidad plañidera, sino mediante la revolución
de la bondad y el brindis por nuestra carne mortal. Para desintoxicarse
del “ácido lisérgico de la patria” (qué
gran hallazgo), Irazoki propone vaciarnos en el pudor, la celebración
de la amistad y la duda, sabedor de que “no hay iglesia que resista
de pie el vientecillo de la risa”. Su libro constituye un antídoto
contra las bombas, los fanatismos de los falsos profetas, los agoreros
y los empachos de tanto himno y banderas, en una apuesta por la sensibilidad
conversada, viajada y leída, puesto que “quien ama un idioma
ama todos los idiomas”. Dicen que vive en París desde hace
décadas, como quien decide instalarse en un estado de ánimo.
Allí lo imagino junto a sus compinches de juventud Fernando Aramburu
y Juan Martínez de las Rivas, quienes componen en mi memoria un
trío de escritores íntegros, alérgicos a la pompa
de la academia y proclives -los tres-” a la música del abrazo
y la irreverencia inteligente. La caricia no excluye la cicatriz, sino
que la abarca en su gesto. Por eso, en su homenaje a su hermana muerta
en edad temprana, Irazoki concluye: “Cuando pienso en ella, palpo
un obsequio: me acompañó para que yo supiera estar solo”.
Hay libros que son como postes señalizadores. Como campanas. Desbrozan
caminos e indican rutas. La flecha de Irazoki vuela alta; nos hace mejores
y nos ensancha la frente. Emocionante y necesario en cada página,
debemos darle las gracias por cedernos este lema para siempre: “El
triunfo consiste en no haber herido”
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Navarra.com
Eduardo
Laporte, 25-01-2016
“Nuestro hombre
de París nos regala una joyita literaria en clave de prosa poética
con un fondo de bonhomía raro y valioso en la era del postureo”
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para leer la crítica completa
Diario
digital El Plural – suplemento Playtime
José
Ángel Barrueco, 19-02-2016
“Conviene
recordar y leer y releer a esta clase de autores, ahora que los primeros
puestos de las listas de los poemarios más vendidos (estoy generalizando)
suelen ocuparlos libros sin rigor ni espesura, para que no olvidemos que
la literatura es otra cosa: sobre todo, oficio paciente y secreto. Aunque,
desafiando todos los pronósticos, curiosamente esta Orquesta… ha permanecido cuatro semanas entre los libros más vendidos de
España. Francisco Javier Irazoki ha ido entregando en el siglo
XXI una obra escrita en prosa poética (si exceptuamos los versos
de Retrato de un hilo), integrada por Los hombres intermitentes,
La nota rota y el citado Retrato… Libros luminosos,
escritos con mimo y con paciencia: esto último siempre se nota.
Si el listón estaba muy alto, creo que Irazoki lo ha superado […]
Es un volumen preñado de poesía, de minuciosidad en la descripción,
de ráfagas exquisitas de talento […] Bellísimo libro”
Diario
de Córdoba
Alejandro
López Andrada, 6-6-2016
“El
lenguaje es un tren de húmedos vagones cuando se adentra en la
luz de la memoria. En sus vagones (límpidos poemas) Francisco Javier
Irazoki con ternura, y un tono hechizado de melancolía, guarda
paseos, rostros de la infancia, máquinas de escribir, seres descalzos,
humildes tejados en los que se dibuja la música incinerada de un
adiós. Recorrer como niños un bosque iluminado por ágiles
vendedores de caminos es una de las propuestas del poemario mágico
y magistral de este poeta. Editado espléndidamente en Hiperión
este libro hermoso, Orquesta de desaparecidos, es un íntimo
itinerario que nos lleva por ‘un bosque asfaltado’, nos dice
Irazoki en una línea prodigiosa de este álbum sutil de pérdidas
y reencuentros donde late el hechizo de la poesía esencial, esa
yedra que escala y abriga el corazón”
Revista
de Libros
Rafael
Narbona, 23-09-2016
“Los
poetas son el alma de los pueblos, no porque expresen esa entelequia dudosa
que llamamos identidad colectiva, sino porque nos recuerdan la existencia
del individuo, su tenaz resistencia a disolverse en la masa, su irreductible
singularidad y su legítima rebeldía contra lo tribal y lo
gregario. El verdadero poeta es un ciudadano, no un visionario. Es una
voz independiente, no el corifeo de consignas y banderas. Francisco Javier
Irazoki (Lesaka, 1954) es un poeta auténtico. Nunca ha sucumbido
a la llamada de la grey, incitando a la violencia para materializar una
ensoñación mítica. Orquesta de desaparecidos,
su último poemario, puede leerse como el canto de un hombre que
rastrea su pasado, convocando a los muertos y a los vivos mediante el
lirismo, el humor y la ternura […] Irazoki no flirtea con el malditismo.
Su poesía es profunda porque nace de la voluntad de conocimiento
y de la alegría, no del estéril pesimismo […] Es
difícil ejercer la crítica literaria cuando se aborda la
obra de un poeta. Lo más tentador es recurrir a la redundancia,
pero lo cierto es que el crítico no puede limitarse al epíteto
laudatorio y a la analogía, o al vituperio más o menos ruidoso.
La pregunta es siempre la misma: ¿qué virtud esconde la
poesía enjuiciada? En el caso de Irazoki, que escribe pequeños
poemas en prosa, se me ocurren varias respuestas. En primer lugar, se
trata de una poesía accesible, de fácil comprensión,
pero que no renuncia a la excelencia artística. Irazoki se caracteriza
por una delicada sensibilidad que produce imágenes deslumbrantes
[…] Lejos del prosaísmo de ciertos poetas contemporáneos,
Irazoki elabora cuidadosamente los poemas, logrando notables resultados
estéticos. En segundo lugar, cada página transmite honestidad.
La palabra esencial, cabal, barre la palabrería, sembrando en el
lector la convicción de asistir al despliegue de una visión
del mundo compuesta por vivencias, lecturas y reflexiones sin un gramo
de impostura. En tercer lugar, la introspección convive con
una exquisita sensibilidad para el paisaje rural y urbano. No se trata
de una poesía costumbrista, sino moderna, que propicia el encuentro
entre el yo y un mundo cambiante. Por último, lo poético
convive estrechamente con lo cívico, sin incurrir en ningún
momento en el sermón o el panfleto […] Orquesta de desaparecidos no es un libro más de poesía, sino una lección de
vida y esperanza, que perdura en la memoria como una nota de Mozart. Leerlo
es un gesto de resistencia contra la violencia, la intolerancia y el pesimismo.
Quizá su principal mérito consista en despertar el amor
por la vida, sin deplorar su finitud o imperfección”
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Sobre Ciento noventa espejos
El Mundo
Fernando
Aramburu, 5-11-2017
“Irazoki acaba de publicar en su editorial de costumbre, Hiperión, un libro titulado Ciento noventa espejos. Los espejos son las palabras del hombre que las escribió y en las que él, por así decir, se da de cuerpo entero y hasta de espíritu, si tal glándula existiese, al lector que se acerque a degustarlas. No hay, pues, resquicio para el cinismo […] Así pues, los espejos de Irazoki reposan sobre una forma estricta. Reflejan la gratitud de un hombre que hace recuento de los dones de la vida y de los placeres serenos asociados a tales dones. Un hombre que enuncia con claridad su elección ética y la expresa con una particular y elegante poesía, porque para Irazoki el poeta existe en la fusión y gracias a la fusión del talento literario y la grandeza del gesto moral. Un hombre, decíamos, que convoca en un libro a una larga fila de seres admirables, vivos o muertos, entre los que abundan los escritores y los músicos. Un hombre que cincela el idioma con un amor inmenso por las cosas bien hechas; que acepta la llegada de la vejez con generosidad estoica; que, como afirma en una página luminosa, celebra ‘el goce de no tener tiempo para el odio’”
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Blog de Álvaro Valverde
Álvaro Valverde, 12-11-2017
“¿Cómo calificar esta nueva entrega? Pues como las anteriores: de libro de poemas, sean éstos en prosa o en verso […] Sí, si por algo se caracteriza este libro es por su celebración vital. No es alguien que coleccione adversidades, como dice de Genet. Por la serena aceptación de cuanto le sucede y pasa, tanto da que ahora o antes […] En este libro lleno de iluminaciones, de chispazos poéticos (‘La contemplación temprana de la muerte me había apartado del lujo de las lágrimas’, ‘Para el poeta, los seres derrotados son su patria’, ‘Parece que el tiempo tiene una lentitud extranjera’), todo está escrito, subrayo la contradicción, con un ‘lenguaje selecto’, si por tal entendemos no lo que él quiso decir con ironía más arriba, sino por ser el que usa alguien preocupado, con la debida naturalidad, por la exactitud y la precisión de su lengua materna. Lo normal en un escritor, digamos, de los de verdad. Un escritor que, además, ejerce con solvencia la crítica de poesía […] Muchos son los asuntos de los que se ocupa Irazoki en estas semblanzas, en estas reflexiones, en estas biografías, en estos poemas. De la poesía, sin ir más lejos, de la enfermedad, de la ética (un tema central para él que, desde joven, se exigió su ‘uso secreto’ y practicó las enseñanzas de Camus), de las virtudes que deberían adornar las conductas del ciudadano de las sociedades democráticas, de los totalitarismos y las ideologías, de los cafés, de la pobreza, de los conciertos de jazz... La compasión está siempre en su mirada. Y la bondad. Se enorgullece de no ser un hombre envidioso o rencoroso o que odie. Y hace bien en hacerlo, más ahora. No ha podido uno sustraerse a esa sosegante lectura de la realidad que tanto favor nos hace en tiempos, como estos, tan desagradables y convulsos […] Por suerte, en algunos libros literarios hay más que literatura. Y aquí más poesía que en los habituales de poesía. Una poesía, diría, lenta. Íntima. El lector no puede evitar leerlo con una sonrisa cómplice en la boca. Tan discreta y sutil como las palabras que Irazoki utiliza para contarnos su pequeña verdad. La misma, confiada, con la que suele aparecer en sus retratos”
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Blog Emanaciones
Juan Abreu, 23-11-2017
“Voy por los espejos parisinos del poeta Irazoki y digo parisinos porque estas prosas no podían haberse escrito en ninguna otra ciudad. Bueno. En Lisboa, tal vez, ahora que lo pienso. Son ciudades musicales por eso lo digo. Irazoki ama la música y se nota en lo que escribe y en la manera que tiene su escritura de meterse en los intersticios de la vida como sólo la música puede porque la música es sobre todo agua, ¿no? Me decía Lydia Cabrera allá en Miami hace muchos años que la inteligencia es una forma de la bondad. No sé si esto es cierto, tengo mis dudas, pero leyendo hoy a Irazoki sí que creo que la escritura puede llegar a ser una forma de bondad. Son cerca de las cuatro de la tarde y afuera hay una luz llena de pequeñas mordidas y llena de una saliva sonora”
El Cultural
Rafael Narbona, 24-11-2017
“Ciento noventa palabras pueden ser suficientes para crear un universo. Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) ha reunido noventa y cinco textos breves que exploran las distintas formas del humor, la ternura, la alegría y el ingenio. Las inevitables penumbras sólo son efímeras zonas de paso en una poética exenta de ‘angustias verbales’ y sin miedo a los itinerarios alternativos. Irazoki postula un desorden cuidadosamente organizado, que se rebela contra la disciplina del verso. La poesía es libertad ilimitada y sólo rinde cuentas ante la belleza. Las noventa y cinco piezas son espejos en movimiento, que acogen un infinito muy humano, donde se encuentran y dialogan distintas sensibilidades. Cada poema en prosa compone un pequeño cosmos que se expande interminablemente, impugnando las nociones del principio y fin. El conjunto produce la impresión de una orquesta de jazz que improvisa analogías, ecos y contrastes. Es imposible no conmoverse ante una explosión de creatividad que celebra la vida y la amistad, sin ceder a las tentaciones de la angustia, el resentimiento o el fatalismo. Irazoki no es un anacoreta, sino un paseante que se aventura por todos los paisajes, sin desdeñar el riesgo y el compromiso […] Ciento noventa espejos convoca a los que aman la literatura, la música, las ciudades, la duda. El libro de un hombre bueno que no pierde el tiempo con el odio y recuerda con añoranza los paisajes de su infancia”
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El País
Fernando Savater, 2-12-2017
“Así mismo, con estos términos, define Francisco Javier Irazoki la biblioteca en su último libro, Ciento noventa espejos (ed. Hiperión), que me acompaña en esta FIL. Son ciento noventa textos, acabados y bruñidos con precisa orfebrería verbal, cada uno de ciento noventa palabras exactas. Exactas por bien contadas y por bien elegidas. Los temas son tan múltiples como la inquietud de la vida: ciudades, poetas, música, desgarros íntimos, artistas que pasan de puntillas, gastronomía, las llagas del terrorismo, la serena firmeza de quien se enfrentó a él. El tono suele ser de encomio, hasta de entusiasmo, pero cuando éste falta ‘nunca practica el fracaso llamado insulto’. Se disfruta cada página de este libro inclasificable sin necesidad de compartir el criterio que la motiva, porque siempre es sabrosa. A veces el dardo que lanza sólo me roza, otras acierta en mi corazón: ‘En las proximidades de los hospitales circulan las ambulancias de la filosofía’. Y tanto que sí, recuerdo, mientras encajan la voz de los mariachis con la lección plural de tantos libros’”
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Blog El Fescambre
Jimy Ruiz Vega, 4-12-2017
“Estos textos breves reunidos conforman un verdadero y aquilatado libro, bruñido con una prosa sencilla y honda, que despliega la personalidad y la actitud serena de quien los firma […] Leyendo estos pasajes, uno se atreve a subrayar que la poesía está tan dentro como fuera de la estructura de un poema, que la conciencia o la percepción del mundo también destila poesía, y que no es necesario gritar ni sentenciar para que se alumbre un poema […] En Ciento noventa espejos hay un alma evocadora de vivencias, de recuerdos, de gratitudes, de detalles y de pasajes sobre el jazz, el rock, el blues, el flamenco, sobre artistas desobedientes y escritores ágiles, sobre las enseñanzas de los viajes y sus matices, sobre hallazgos literarios […] Los textos de Irazoki tuenen esa capacidad de aproximarse al lector gracias a su esencialidad y hondura, a sus observaciones y predisposición para el aprendizaje y el goce […] Este es un libro gozoso y nada hiriente que refleja un estado de ánimo, el de su creador, lleno de matices, semblanzas, miradas y palabras contadas; un libro hermoso que deambula desde el conocimiento de lo propio a lo ajeno, un conocimiento honesto y positivo que consiste en hacer del fondo de la vida un interrogante y una estética moral comprometida”
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El Norte de Castilla
Carlos Aganzo, 16-12-2017
“Por atrevida, por brillante, por multiforme, por personal…, la escritura de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es una sorpresa permanente. Concebido como una densa serie de `sonetos en prosa´, Ciento noventa espejos es un experimento formal que encierra pensamientos, experiencias, intuiciones y develaciones en una prosa poética de fórmula cerrada: 190 palabras por entrega; 95 entregas en total. Sobre la apariencia de corsé formal, la libertad absoluta de un pensamiento encendido que nos muestra una capacidad extraordinaria para encontrar respuestas ocultas en las experiencias y en las lecturas cotidianas’”
El Correo
María Bengoa, 16-12-2017
“Son 95 espejos, una especie de ‘sonetos en prosa’, con la forma cerrada de 190 palabras. A menudo retratan a un escritor, a un músico… con generosa admiración. ‘No padecer el fracaso que llaman envidia’. O se recrean en un puente, un café mítico, una comida, la visita a una ciudad, un propósito vital: el destino que quiere darle a la palabra ‘no’, por ejemplo: ‘No poseer otra bandera que una ética secreta’. Y siempre la mirada luminosa, la palabra justa”
Entretanto Magazine
José Luis Muñoz, 17-12-2017
“Autor inclasificable este Francisco Javier Irazoki cuyos libros, exentos de paja, deben degustarse frase a frase […] Dice a propósito de su último libro Ciento noventa espejos en los que se va mirando: Mis piezas son una especie de soneto en prosa. Con sus penumbras y sus parcelas luminosas. Ciento noventa espejos es un ejercicio de concreción por parte del autor que se obliga a una extensión idéntica para cada uno de esos espejos en los que refleja su opinión y, muchas veces, su admiración por otros. Cada pieza literaria consta exactamente de 190 palabras con las que Irazoki construye un libro tan inclasificable, por lo rompedor, como sus anteriores, sin comas, sin adjetivos, con sustantivos desnudos, con puntos seguidos, construyendo frases hondas, lapidarias, que resuenan en la cabeza del lector y le obligan a una pausa para reflexionar sobre lo leído. Un ejercicio literario de este maestro de la brevedad empeñado en destilar las palabras exactas, ni una más”
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Diario de Navarra
Juan Gracia Armendáriz, 24-12-2017
“La trayectoria de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es conocida al otro lado del Ebro… Y de los Pirineos […] Comenzó una nueva expresión poética con los libros Los hombres intermitentes (2006), La nota rota (2009) y Orquesta de desaparecidos (2015). Este estiramiento, por así decir, de su poesía hacia la prosa poética se confirma con su último libro Ciento noventa espejos. Irazoki desconoce las prisas, trabaja con paciencia artesanal y austeridad de eremita. Con idéntica actitud lleva a cabo su labor de crítico de poesía en El Cultural. Intuyo que su último libro, que todo poeta y escritor navarro debería conocer, es más que un ejercicio de contención. El autor no ha experimentado la angustia de los límites: cada texto no sobrepasa las 190 palabras. El límite autoimpuesto no sofrena la lectura. Si nadie advirtiera al lector de este juego no lo notaría porque sus prosas se leen con fluidez […] Cada prosa forma un laberinto de espejos de prosa límpida que, desde distintos ángulos, nos hablan de la vida del autor a través de los otros. Este proyecto de autobiografía, iniciado con Los hombres intermitentes, se despliega en el libro hacia la imagen de ciento noventa fragmentos que forman parte de la vida del autor. Hablar de los otros es hablar de uno mismo. La descripción de una calle de Moscú o del rostro de una mujer es una forma de mirarse en el reflejo de los otros. Irazoki lleva tiempo preparando un puente hacia otras metas narrativas, pero en el camino nos va dejando libros que son una prolongación de su actitud ética y estética. Quien lo conoce lo sabe. Quien no, estos espejos le harán la vida más amable y hermosa”
El Diario Montañés
Carlos Alcorta, 5-1-2018
“Lo primero que nos llama la atención es que Irazoki no necesita retorcer el lenguaje para crear un estilo propio, aunque el autor piense que ‘el estilo invariable se parece a una prisión estética’. El lenguaje cotidiano, a la par que preciso; las frases breves y aclaratorias sabiamente combinadas con digresiones metafóricas que extreman la sutileza referencial y que provienen, con toda probabilidad, del contacto del autor con el surrealismo; el ritmo acompasado que conduce al lector desde ese remanso aparente del comienzo de cada texto hasta un final esclarecedor, casi didáctico, en el que detectamos, además, la cola de una mecha alusiva son marcas de la casa”
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ABC
Diego Doncel, 13-1-2018
“La contaminación de los géneros es una de las marcas más distintivas de nuestro tiempo. En los textos de Pascal Quignard alientan de igual modo lo específicamente narrativo, lo poético y lo ensayístico. En algunos libros de Coeetze o, sobre todo, de Sebald lo novelístico salta por los aires para crear textos híbridos donde el pensamiento, la biografía y la ficción se mezclan y adquieren una dimensión desconocida hasta ahora. ¿Qué decir de ese raro genial que fue Cristóbal Sierra? La última poesía española no está del todo lejos de este proceso. En Dinero, de Pablo García Casado, la intensa originalidad viene dada porque ya no se acude al poema en prosa sino a un texto poético cuya esencia es fundamentalmente narrativa. Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) ha escrito también en Ciento noventa espejos un texto fronterizo o, lo que es lo mismo, un texto sin fronteras. En él se convocan tanto el apunte biográfico, la reflexión, la crítica literaria, la bitácora de viajes, las ensoñaciones del paseante, el retrato o la más genuina poesía. Él mismo sentencia en el prólogo que se trata de ‘sonetos en prosa’. Es decir, formas cerradas que se construyen con un número igual de palabras, pero que enmarcan una indudable capacidad de libertad creadora. Lo que Irazoki persigue atrapar en cada uno de estos espejos es un retrato moral. Tal vez su propio retrato delineado con los rasgos que le ofrecen los otros, o con los contornos que le ofrece el mundo. Con ‘el goce de no tener tiempo para el odio’, sólo para reflejar un puñado de horas apacibles. Irazoki sale al encuentro de escritores, de músicos, de ciudades, de víctimas o de los pecados políticos o humanos de esta época para crear una conciencia capaz de expresar las dimensiones de su biografía o las dimensiones éticas del mundo de hoy. Como el optimista que es, busca entre los pliegues de los días ese momento de felicidad, de celebración o de lucidez. Y nos lo ofrece con un estilo lleno de aciertos, tan claro como acompasado. La propuesta ética de Francisco Javier Irazoki encierra también una propuesta estética: las palabras nos salvan cuando son un sincero puente de diálogo con el mundo y como ocurre cuando estamos a la sombra de un laurel nos acogen, nos hieren o nos perdonan”
El Heraldo de Aragón
Fernando Sanmartín, 15-2-2018
“Libro sin caretas donde hay ciudades, hallazgos, miradas que se convierten en vasos comunicantes con la verdad, libro rebelde y hospitalario, pero también reflexivo y emocional […] Aparece la experiencia vital de Irazoki, que nos impregna de aire fresco y plasma, como tantas veces ha indicado Emilio Lledó, que el lenguaje debe ser luz […] No es inexacto afirmar que el observador preciso que hay en Francisco Javier Irazoki sube otro peldaño con este libro. Y tampoco es inexacto decir que sus páginas, una mezcla de talento y escritura cuidada, tienen como objetivo el aprecio de quien no busca lo dócil ni lo precocinado”
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Revista Quimera
Eduardo Moga, abril de 2018
“Estas composiciones muestran ya la principal característica de los textos que integran Ciento noventa espejos: un lirismo que conjuga la comprensión cordial de los vericuetos de la realidad, a menudo tenebrosos, y el vuelo incisivo y fulgurante de la imaginación, y que se materializa en un discurso ajustadísimo, por la dolorosa exactitud del léxico y la candente musculatura de la sintaxis, y a la vez exuberante, colmado de ternura, evocación y misterio. En Ciento noventa espejos ese lirismo sigue presente, pero depurado, afinado aún más, adelgazado hasta un límite casi insuperable de adensamiento. Y a esa radicalidad expresiva -que es, también, radicalidad de la inteligencia- contribuye decisivamente la estructura formal del libro […] Por los textos -que ignoro si son poemas en prosa, o prosas poéticas, o anotaciones de diario, o microensayos; seguramente son un poco de todo, pero es estimulante no saberlo, y aún más leerlos sin que nos concierna-, escritos con una concisión y una diafanidad ejemplares, en los que nada sobra y nada disuena, desfilan muchas de las preocupaciones de un hombre que quiere aprehender el mundo y su sinuosa complejidad”
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Sobre El contador de gotas
El Cultural
Álvaro Valverde, 11-10-2019
"El contador de gotas se abre con una elocuente cita de Ramón Eder: ‘Sin compasión no hay cordura’. Desde la primera línea (y qué fuerza tienen los primeros versos de Irazoki, frutos, parecen, de la inspiración y no del cálculo), se aprecia cómo todo fluye a favor del misterio, que, como ya dije, linda con lo mágico y hasta con lo surrealista, donde las metáforas son verídicas y accesibles y no meros artilugios retóricos, donde la imaginación, en fin, se abre paso con el adecuado sigilo y no con el alarde de la pirotecnia verbal. Fernando Aramburu, uno de sus mejores lectores, se ha referido, con solvencia, a ‘esa especial destreza suya para la creación de imágenes y símbolos’ […] Al destello de la iluminación o la epifanía, al vislumbre del aforismo, se une la demora del relato (en ‘Humo paralelo’, por ejemplo), lo narrativo, siempre con voluntad de estilo, con clara conciencia literaria. Se subraya la cualidad del solitario. De sus tíos, pastores desterrados en Norteamérica. Y del propio autor, quien en una metafórica alusión al zorro, dice: ‘Su poema está creado lejos del grupo. No imita al perro sumiso ni al lobo gregario’. ‘Su manada es interior’, ‘su soledad omnívora’ […] Un emocionado ‘escudo contra el dolor’ (en el impresionante ‘Fábrica de desiertos’, acerca de un diagnóstico fatal). Su escritura es ante todo una ética. De estirpe camusiana, cabe precisar. Con pocas pero firmes convicciones (anotadas en ‘Cuadernos de juventud’). Entre ellas, ‘Que el perdón sea más fuerte que la herida’"
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Blog Déjate de rosas
Fernando Aramburu, 13-10-2019
"Irazoki tiene esas tres cosas que no faltan nunca al poeta grande: escritura, un mundo propio y una filosofía de la vida, que en su caso reposa sobre un suelo moral básicamente humanista. Hay, en este como en sus libros anteriores, dolor y agradecimiento, toma de postura sin tapujos y seres concretos. La suya es una poesía habitada, no escasa en nombres propios, ya sea dentro de la composición o en las dedicatorias. Ahora bien, no es mi intención escribir aquí una reseña al uso sino dar noticia, a quienes conserven la capacidad de sentir y disfrutar, de un libro hermoso, muy hermoso; de un libro emocionante, magníficamente escrito, de una enorme densidad humana. O, dicho de otro modo, El contador de gotas es un título mayor de uno de nuestros poetas mayores"
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Diario de Navarra
Juan Gracia Armendáriz, 20-10-2019
"Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es el escritor más respetado dentro y fuera de Navarra. Su leyenda en Madrid es un murmullo a voces. Tanto por la altísima calidad literaria de su obra como por su ánimo, que desconoce la envidia o el rencor, el autor hace del hermanamiento una filosofía de vida. Su obra es acorde con esa armonía vital […] Los títulos de los 44 textos que componen su último libro merecen una mención por su belleza : ‘Fundador de silencios’, ‘Oficina de disfraces’, ‘Las mujeres excavadas’… Confesaré algo: llevo más de 30 años aprendiendo de Irazoki. Este libro me ha mostrado que hasta la oscuridad puede ser objeto de un brindis, y que el escritor no necesita de un viaje a las antípodas para decantar una obra que está a la altura de las mejores obras poéticas que puedan hallar los amantes de la literatura de verdad. Una escritura musical iluminada por relámpagos poéticos y una mirada compasiva. Basta observar a unos barrenderos, un músico callejero, una brizna de hierba. Ética y estética se injertan en la mejor literatura"
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Blog Algunas cosas que leo
Isabel Bono, 2-12-2019
"Siempre he pensado que los escritores deberían escribir únicamente para construir su propio mundo. Mostrarlo a los demás debería ser secundario. A estas alturas no tenemos la menor duda de que Francisco Javier Irazoki hace ya tiempo que vive en el suyo. Afortunadamente nos abre puertas y ventanas para compartir toda esa belleza. Todos sus libros son fragmentos de una vida ancha, instantáneas eternas de lo que ama. Es bonito escribir para no olvidar que algunas personas no caigan en el olvido. En El contador de gotas (Hiperión, 2019) vuelve a hacerlo. Lo que más me gusta de Irazoki es que no retrata, convierte en paisajes a las personas que ama, incluso a aquellas que parecen piedras llenas de odio. Así es él"
Revista Lector Salteado
Jöel López, diciembre de 2019
"El contador de gotas (Hiperión, 2019) recoge el último puñado de historias que el escritor navarro afincado en París, Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954), ha cincelado con un lenguaje que ya solo huele a él. Una poesía en prosa a la que cualquier etiqueta limita. Culmina un recorrido de cinco libros explorando un espacio narrativo con una poesía hilvanada, cosida con puntadas precisas donde cada palabra, escogida con mimo y alevosía, encierra la misma hondura y ligereza que la frase a la que pertenece y que el texto que completa. La poética de Irazoki es una aventura fractal que requiere calma y escucha […] Ese lenguaje fractal que Irazoki ha cultivado en cinco de sus últimos seis libros comienza con la elección de las palabras como si escribiera con tipos móviles y fuera colocando las piezas de madera cuidadosamente una delante de la otra hasta ir conformando las palabras, las frases, los textos. Irazoki recuerda al poeta Jorge G. Aranguren (‘nunca fue un maestro altivo’): ‘El trabajo de vigía de las palabras lo convirtió en un hombre suave’. Oficio éste, el de vigía de las palabras, que el navarro aprendió del guipuzcoano y que no ha dejado de ejercer. Además, comparten, a mi juicio, la necesidad de eliminar de sus páginas ‘el sonido estridente, la imprecisión, los hierbajos de la moda’. Uno de mis oficios favoritos cuando leo a Irazoki es el de recolector de versos en ese bosque otoñal que son sus libros de esta prosa tan poco prosa. Con el lazo de carbono del lápiz voy recogiendo, con el mismo cuidado con el que él las ha cultivado, esas frases tan poco frases: ‘El zorro es mi poeta maldito’, ‘su cuerpo era la miga de un milagro’, ‘el otoño incendia plantas y deja el suelo ensangrentado’. La cesta de mimbre nunca se acaba de llenar. El poeta hilvana esos versos en frases pero lejos de renegar de la poesía u ocultarse detrás de la prosa, la poesía emerge con fuerza, con luz natural y generosa. Cada texto llega al lector como una fotografía, una instantánea que ni amarillea ni se cuartea. Espacios donde quedarse, ventanas por las que mirar […] Recorrer, entonces, este camino fractal es recorrer una necesidad generosa de escuchar los milagros que ocurren cada día. Irazoki escribe como mira y mira como vive. Acercarse a su obra es fijarse en el margen, en la bondad como horizonte y en la poesía más pura"
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Revista Epicuro
Fermín Herrero, diciembre de 2019
"Irazoki manifiesta en su poesía toda la poesía del mundo, con piedad hacia las criaturas que lo habitan, especialmente hacia los apartados […] Sabemos que dispone a tal efecto de un reservario de versos y de música para los necesitados, alimento y agua para los hambrientos y sedientos, que lo hace para nosotros desde que, como su admirada Emily Dickinson, eligiera darse a la poesía para ‘tamizar su angustia’ y de paso consolarnos a los demás a su abrigo, siempre desde la gratitud […] Irazoki dota de siempre a cuanto y cuantos rememora de una carga metafórica decisiva para su elevación lírica […] Pero este fértil derroche de imágenes sirve para el resto del libro, así sea la melancolía roja de la otoñada o las figuras de algunos justos que salvan el mundo […] Tal vez en esta ocasión, respecto a los libros previos de la misma estirpe, la carga simbólica sea mayor, a tal punto que algunos poemas son prácticamente alegorías. Las alegorías con las que aprendemos del mundo gracias a un poeta artesanal que vive en París"
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Revista Fanfan
Alfredo Urdaci, 21-2-2020
"Cada vez que vuelvo por esas calles regreso a Hiperión con la esperanza de que Irazoki, desde París, haya enviado un texto nuevo. Los últimos son como breviarios: Los hombres intermitentes, Orquesta de desaparecidos, Ciento noventa espejos, y ahora este El contador de gotas […] Son textos muy diversos. Tienen, sin embargo, algunos hilos comunes: la piedad, la duda, la lírica, el perdón. Y como breviarios, abrevo en ellos cada noche. Un pequeño sorbo, a veces dos. No es Irazoki un escritor de grandes borracheras, más bien de aspirinas. Tomas un texto, lo lees, lo miras buscando el secreto, te maravillas del hallazgo, rozas la felicidad, y dejas el libro, para que el siguiente capítulo no te borre el gusto del leído"
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Revista Turia
Eduardo Moga, número 133-134, abril de 2020
"Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) suma con El contador de gotas un nuevo hito en el camino poético […] Se trata de una trayectoria de admirable coherencia y solidez, progresivamente afilada, que se caracteriza por el empleo del poema en prosa, con el que se zambulle -y hasta enfanga- en la realidad, pero sin renunciar al vuelo de la imaginación: por la precisión descriptiva, que garantiza el verbo ceñido, pero también la metáfora reveladora (en «Triple libro», recuerda una frase esférica de Camus: esa misma esfericidad busca él); y por la proporción exacta de irracionalidad, que trasluce los años de militancia surrealista del autor. Todo ello arroja un resultado en el que conviven, con insólita felicidad, la profundidad y la ligereza […] Pero lo rememorado no se queda a ras de suelo: no es nunca una áptera confesión biográfica, sino que se eleva siempre a la condición de poesía. Irazoki practica una venturosa transformación lingüística. Contenido y vehemente a la vez, renombra las cosas para que vuelvan a ser: las vivifica con la ironía y la imagen, y las inviste, a menudo, de una adjetivación milagrosa"
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Revista Quimera
Abril de 2020
"Libro a libro, Irazoki tiene la capacidad de hacer nuestra su propia familia, sus propias experiencias y paisajes. Con un tono mesurado y una dicción aparentemente sencilla, El contador de gotas nos proporciona un territorio en el que habitar durante mucho tiempo. Estamos en cada una de sus historias minúsculas y bajamos con él hacia el significado que conlleva todo suceso, aunque pueda parecernos intrascendente a primera vista. Irazoki prolonga el instante, profundiza en las grietas, afila la mirada. Y logra, de nuevo, que sus lectores aprendamos una lección ética y estética ante la vida."
Diario El Cotidiano
José Luis Muñoz, 5-5-2020
"El libro de prosa poética El contador de gotas, del navarro afincado en París Francisco Javier Irazoki, extraordinario como todo lo que escribe. Para mí Irazoki es uno de los poetas más sólidos de nuestro panorama literario"
Diario El Cotidiano
José Luis Muñoz, 6-5-2020
"Sin lugar a dudas Francisco Javier Irazoki(Lesaka, 1954) es una de las voces más relevantes de nuestra poesía […] Hiperión publica El contador de gotas, una recopilación de textos breves escritos en París entre 2016 y 2019 en forma de poemas en prosa en los que el autor repasa situaciones, etapas y personas que le tocaron, y lo hace con la lucidez que siempre le acompaña, con un estilo conciso libre de artificios que va a lo medular en un ejercicio de síntesis del lenguaje que tiene como resultado una poesía conceptual. Irazoki es un maestro a la hora de juntar palabras, crear atmósferas surreales y dejar abiertas respuestas entre las costuras de sus textos. La brevedad de ellos, su desnuda concisión, es inversamente proporcional a su intensidad. Su menos es más requiere una lectura lenta y atenta para captar su intensidad poética entre palabras […] Poesía como salvación […] Un libro extraordinario El contador de gotas"
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El Correo
Elena Sierra, 9-5-2020
"La vida se puede contar de muchas maneras, y el poeta y crítico musical Francisco Javier Irazoki ha decidido hacerlo desgranando algunos capítulos o anécdotas en los que son los otros, los que lo han acompañado, rodeado, enseñado, mostrado cosas los que tienen verdadera importancia. Aquí se está hablando de una sensibilidad determinada a la hora de mirar el mundo, y de comportarse en él, y de cómo eso se ha construido a lo largo de los años y en contacto con los otros. Se hace además con una prosa que está cargada de imágenes poderosas; son sencillas, son reales, y merecen una segunda y una tercera lecturas porque se pueden disfrutar, y mucho. En la biografía de Irazoki se viaja desde una infancia rural hasta la edad madura en la gran ciudad pasando siempre por lugares físicos y por los mentales y emocionales, que son los que marcan. El momento en el que se reflexiona sobre el otro –el extranjero, el enemigo– y se decide cuál va a ser la posición propia, o ese otro en el que se decide cómo actuar ante la violencia, por ejemplo"
Revista de Libros
Rafael Narbona, 2-6-2020
"Las aberraciones de la historia merman nuestra fe en el hombre, pero cada vez que surge la voz de un poeta fieramente humano se restablece nuestra confianza, revelándonos que la ternura y la inteligencia hacen retroceder a las pasiones más indignas. Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) es un hombre bueno y eso se transparenta en su poesía, luminosa, humilde y esperanzadora. La excelencia moral no es siempre garantía de excelencia artística, pero cuando ambas virtudes convergen el resultado es altamente inspirador. El contador de gotas es la última entrega de una trilogía que comenzó con Los hombres intermitentes y continuó con Orquesta de desaparecidos. Se trata de un tríptico autobiográfico, donde una suave melancolía convive con un acendrado optimismo vital. Irazoki nunca ha caído en la trampa del pesimismo. Conoce el dolor, pues ha sufrido accidentes y pérdidas, pero nada le ha hecho repudiar la vida […] Irazoki es un poeta intimista y con grandes dotes de introspección, pero nunca le ha dado la espalda a la realidad […] Su coraje cívico nunca se ha oscurecido con sentimientos de rencor o revancha. Simplemente, se ha distanciado de los corazones endurecidos que han bañado de sangre su tierra natal, escarneciendo su tradicional espíritu de paz y acogida […] Tras demorarnos en el pórtico de El contador de gotas, ya sabemos lo que nos espera: un árbol frondoso donde lo fantástico y lo cotidiano se funden, un poliedro de infinitas caras que atrapan imágenes del pasado y de un posible porvenir, un templo donde la naturaleza y el hombre se expanden interminablemente. Personalmente, me ha recordado los mejores momentos del realismo mágico, pero sin ningún preciosismo que lastre las palabras, cargándolas con un empalagoso almíbar. Zoki –me permito llamarle así, pues siempre he sentido su obra como algo muy cercano– es enemigo de la retórica, algo previsible en un tenaz adversario del fanatismo moral y político […] Irazoki aprendió muy pronto a amar la diversidad. La promiscua alegría de las ciudades ahuyentó cualquier delirio de pureza racial. Frente al ensimismamiento de los esencialismos, apostó por la apertura a lo incierto y plural […] El contador de gotas es una bella utopía. No me importaría vivir entre sus páginas, donde todo es muy humano. Con su barba de ermitaño, Zoki podría confundirse con un santo laico, pero sé que a él no le agradaría la comparación. Su mirada no está en lo alto, sino en este mundo. Su paraíso es una calle de París iluminada por las notas de una balada de jazz"
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Diario Hoy
Enrique García Fuentes, 13-6-2020
"Ahora me interesa mucho más hacerles copartícipes (siquiera a destiempo) de la llegada de un libro –como siempre los suyos– necesario; mucho más en estos tristes tiempos que nos ha tocado vivir, porque El contador de gotas, como cualquiera de sus publicaciones, atesora en sus delicados poemas en prosa ese habitual manojo de vivencias íntimas, y perfectamente exportables, de su autor, que tanto bien pueden hacernos si sabemos aplicar los insobornables presupuestos éticos que los rigen en nuestros devenires particulares. Que nos hacen ser mejores, vaya […] Algo del surrealista que Zoki fue en sus orígenes poéticos (vinculado al grupo CLOC) persevera a través de deslumbrantes imágenes que, como chispas amables, saltan en su discurso tranquilo […] Una miscelánea afectuosa en la que es un placer quedarse, como con su obra siempre ha ocurrido; fuertemente anudada por conceptos que florecen a lo largo de los poemas y la dotan de unidad: la compasión, un cierto escepticismo y, por encima de todo, el perdón"
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Revista Culturamas
Jesús Cárdenas, 5-10-2020
"Desde la conciencia de un yo humanista escribe poemas en prosa el poeta navarro afincado en París y crítico literario Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) en El contador de gotas (Hiperión) […] Encaja, pues, dentro de una trayectoria coherente y sólida, caracterizada por la precisión descriptiva y el tratamiento de lo vivido alcanzando desde lo real a lo imaginario pasando, en alguna ocasión, por lo visionario […] Las imágenes familiares, estampas de paisajes y situaciones se fijan con nitidez mediante ‘la creación de imágenes y símbolos’, especial destreza comentada por Fernando Aramburu […] La propuesta de una ética que abomina de las supersticiones puede leerse en ‘Cuadernos de juventud’, donde se abraza una conciencia diáfana, sin amargura ni rencor, donde ‘el perdón sea más fuerte que la herida’. Todo lo recordado es confesión autobiográfica elevada a la condición poética, gracias a la aplicación que Irazoki realiza del lenguaje: la descripción toma los adjetivos necesarios (‘líquido rencoro’; ‘muerte lela’), el vuelo de las palabras es tomado por imágenes y metáforas reveladoras (como leemos en ‘Pasajeros’, donde todos ‘los inquilinos se dirigen al abismo de la nada’), el distanciamiento le permite ironizar sobre la experiencia"
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Sobre Palabra de árbol
Capítulo IV
Miguel Barba, 10-11-2021
"Ante ti, lector, tienes un cuerpo, un cuerpo atravesado por multitud de finos hilos que forman las letras que componen cada uno de los textos que lo integran. Este cuerpo, con forma de libro, respira y, desde el silencio (ese silencio que es fuente y desembocadura de la poesía) te habla. Decía de Barco sin luces Dámaso Alonso: “No toquéis este libro. Podría deshacerse (…)”. Algo similar podría decirse de Palabra de árbol, desde otras coordenadas vitales y geográficas claro está, pero con una pequeña variación: tratad gentilmente esta obra, pues su materia es el silencio."
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Revista Fanfan
Alfredo Urdaci, 14-11-2021
"Francisco Javier Irazoki es de Lesaka, cosecha del 1954. Y ahora publica, en su casa de siempre, Hiperión, una antología poética a la que ha llamado Palabra de árbol, que reúne textos escritos entre 1976 y 2021 […] Le hemos llamado aquí el poeta excarcelado, no porque haya pasado por alguna prisión sino porque en su literatura las evita […] Y esa es la corriente gruesa de la obra de Irazoki: está formada por la sensibilidad, por la libertad, por la bondad, la ausencia de crueldad, rechazo de las banderas, la apertura a la diferencia […] Irazoki es el poeta que admite, rotundo, en el poema siguiente, ‘Cien palabras gemelas’: «el triunfo consiste en no haber herido». Como si fuera un juramento hipocrático de la poesía. Es también el poeta de la gratitud, el que busca la belleza y la celebra"
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Diario de Navarra
Juan Gracia Armendáriz, 21-11-2021
“Ningún escritor navarro concita simpatías tan unánimes como Francisco Javier Irazoki. La prueba es que algunos sólo nos vemos en las presentaciones de sus libros, cada dos años, que suele ser el ritmo de publicación del autor. Entonces, Irazoki abandona París y nos convoca a escritores que no solemos coincidir nunca. Luego, él regresa y aquí cada cual a su propia sombra. Tanto Irazoki como su obra son aglutinantes. Lo he dicho en muchas ocasiones y no temo repetirlo, Irazoki está a la altura de sus palabras y, quizá, las supera. Obra y autor no chirrían […] Palabra de árbol es el libro perfecto para iniciarse en la poética del que, a mi parecer, es el mejor poeta, aquí y al otro lado del Ebro”
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El Diario Vasco
Iñigo Urrutia, 27-11-2021
“El poeta afincado en París desde hace casi tres décadas entrevera con la maestría de un artesano de la palabra las evocaciones de su infancia, su familia, el racismo y hostilidad locales con los llegados de fuera […] En un ejercicio de desnudamiento integral, Irazoki expresa su voluntad de independencia […] y su rebeldía camusiana […] Una celebración que impregna esta obra preñada de poderosas imágenes y un lenguaje depuradísimo”
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El Cultural
Álvaro Valverde, 17-12-2021
“De ahí que la primera palabra que le venga a uno a la boca cuando piensa en esta escritura sea honestidad. Después, coherencia. Se aprecia muy bien al leer estos poemas selectos con asomos de poesía reunida. La muestra empieza por uno de los más conocidos: "Habitación 306", relacionado con la prematura muerte de su hermana Nica, un hecho trascendental en su vida […] En sus primeros versos se aprecia un impulso rebelde y surrealizante (sin ortodoxias) que en el fondo no le ha abandonado nunca, siquiera sea por la importancia que le ha dado a la imaginación (léase, por ejemplo, "Farmacia musical"), en la que se cimenta, desde la perplejidad, su lenguaje riguroso, sí, pero emocionante y libre […] El mundo poético de Irazoki, ni aislado ni elegíaco, es ante todo moral. De raíz camusiana, diría. Porque, según él, la poesía no es "delicadeza decorativa" sino "una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia". Aunque autobiográfico y de la experiencia, lo que cuenta (y en su poesía lo narrativo es esencial, como, a rachas, lo ensayístico y hasta lo periodístico) se suele referir a los otros: al guardia civil, al mendigo, al gitano, al portugués, al barrendero […] Irazoki busca el amor, la compasión y la bondad, una "conquista intelectual". Está a favor de la piedad y del perdón. Contra el odio y el rencor. Sus enumeraciones (nada caóticas) reinciden, a fuerza de infinitivos, en esa actitud ética que consigue hacer mella en el lector para que éste también "sea más fuerte que la herida". "Paseo por los goces de la vida", escribe quien espera que sobre su muerte se plante "el árbol de la discreción"”
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Librújula (diario Público)
Enrique Villagrasa, 21-12-2021
“Palabra de árbol (Antología poética, 1976-2020) (Hiperión) de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954). Antología que es memoria, esas experiencias íntimas o profundas que recuerda, y lenguaje para expresarlas. Ahí esas evocaciones de la infancia, con todos los condimentos, que este poeta intelectual sabe aderezar como nadie. Esa su independencia siempre me ha llamado la atención. Sus poemas son posturas éticas y estéticas sin igual. Él sabe mirar dentro y fuera, aquende y allende. Metáforas mil y lenguaje diamantino. ¡Realidad, palabra inventada!”
El Correo
Carlos Aganzo, 25-12-2021
“Francisco Javier Irazoki (Lesaka, Navarra, 1954) no ha hecho otra cosa que utilizar la poesía como indagación. Como búsqueda de una identidad fraccionada por el espacio y por el tiempo. Y, en su caso, por un sentido muy particular de la rebeldía. Esa rebeldía existencial, sin causa declarada según la fórmula de Camus, del hombre que dice ‘no’ para decir ‘sí desde su primer movimiento’ […] Este libro, sin perder un ápice de la iluminación con la que cada uno de sus poemas fue concebido en su día, e incluido en su título correspondiente, se puede leer al mismo tiempo como itinerario poético y como desentrañamiento íntimo […] Los árboles y la música. La poesía y los zarzales. Las metáforas mayores de un poeta que, desde el primer impuso, buscó sus propias sensibilidades lejos del maniqueísmo de su tiempo”
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El País (sección Librotea)
Fernando Aramburu, 18-1-2022
“En este caso fui a lo seguro, por cuanto estoy muy puesto en la extraordinaria escritura de este poeta y amigo afincado en París. El libro contiene una recopilación de textos tomados de diversas obras del autor, una muestra ideal para quienes deseen tomar contacto por vez primera con uno de los nombres mayores de la poesía española actual”
InfoLibre
Ioana Gruia, 16-2-2022
“Uno de estos textos, de una belleza sobrecogedora, es el que da título al libro […] La infancia, fundamental en Palabra de árbol, se contempla a la vez con lucidez y ternura […] La población minúscula y afanosa que se mueve dentro de nosotros es en los poemas de Francisco Javier Irazoki una creación del ensueño a la par que una realidad física, palpable y multiforme […] Palabra de árbol es un libro bellísimo, hospitalario, amable en sentido etimológico: digno de ser amado”
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Diario Hoy
Jon Kortazar, 26-2-2022
“Un autor que ha recorrido una trayectoria puede ya mirar hacia atrás como hace Francisco Javier Irazoki en este libro y contemplar su cara, declarar: ‘Asumo todas las páginas que he escrito […] Pasado el tiempo, no escondo mis preferencias’, construir un retrato de sí mismo en una antología que sea fiel reflejo del camino recorrido. Es lo que hace el autor en este libro, Palabra de árbol, que recoge una antología de la voz de Irazoki, una presencia esencial en la poesía vasca actual. Si ‘toda la belleza / acaso contiene / un árbol caído’, este libro busca conservar y ampliar su voz, que se une a la de un hermano muerto y que difunde la palabra de un poeta auténtico”
Revista Quimera
Álex Chico, febrero de 2022
“Si a un poeta se le debe exigir algo es que sea capaz de diseccionar una parcela del mundo, el lugar que ocupa en él. En este sentido, Irazoki es un maestro. La antología de poemas que se reúnen aquí es una buena muestra. En ellos comprobamos la profundidad del escritor, la hondura a la hora de describir y narrar el paisaje. Todo está dispuesto para que el lector logre llegar hasta la esencia de la realidad que se poetiza. Una muestra más de por qué Irazoki es uno de los autores más destacados de la literatura española contemporánea”
Nueva Tribuna
Jesús Cárdenas, 19-5-2022
“En cuanto a las composiciones elegidas, el poeta siente mayor predilección por su segunda época (a partir de Los hombres intermitentes, época de madurez del poeta que coincide con una parte más luminosa desde su residencia parisina), dada la extensión que ocupa en el volumen. Las coordenadas espacio-temporales configuran una suerte de diario intimo donde Irazoki fija su punto de vista real que, más tarde, reelabora mediante la imaginación creando sugerentes símbolos e imágenes […] Es condición del hombre ser agradecido cuando uno se encuentra con una amplitud tan rica en su vitalidad que integra una ética profundamente humana. Para quien no conozca a su autor, Francisco Javier Irazoki, Palabra de árbol supone la mejor forma de familiarizarse con el ámbito vital del sujeto poético que transita por diversas etapas donde figura la expresión poética, tanto en su forma desnuda y esencial como enriquecida por imágenes y símbolos”
Culturamas
Elena Marqués, 28-5-2022
“Pero si algo puede condensar cómo me siento al cerrar las páginas de esta selección es la palabra “abrumada”, aunque también me revelo agradecida, ávida de leerlo de nuevo, de convertirlo en referencia por muchos motivos. No solo por su generosidad verbal, la fuerza lírica en sus textos escritos “en prosa”, la acerada conjunción de términos que jamás imaginaríamos juntos (¿no era esa una definición que García Lorca hacía de la poesía?), sino porque, junto a poemas presididos por el dolor, se abre una brecha grata y luminosa tras la que se adivina un hombre sencillo, inteligente y alegre por convicción (léase, para más señas, su “Autorretrato”), muy de agradecer en estos tiempos oscuros […] Me llama la atención, por otra parte, que, a pesar de la extensión de los años que abarca el compendio, un periodo vital y literario de casi cuatro décadas, se percibe en el conjunto una increíble unidad, y eso es debido, creo yo, a la gran madurez que se observa desde las primeras “versificaciones”, que es la fórmula adoptada en sus inicios, frente a verbo suelto posterior, de una narratividad rica y libérrima, de metáforas brillantes, increíbles correspondencias (adoro ese “padre sordo que ama la viola y los caballos” tanto como a esa mujer “que posaba para los retratistas y corregía sus errores”), fruto de una mirada pura, noble, pues todo lo que contempla, lo cotidiano, los rostros familiares, incluso paisajes poco fotogénicos, adquieren a través de él un sentido ético y estético, que es, a fin de cuenta, la finalidad del arte […] Admiro muchas cosas de Irazoki, como esa forma de plantear escenas, plásticas y reales y trascendentes (léase “Arnobio”, léase “Diurno”). De contar anécdotas leves que se convierten en un mundo (“Ladrón de palabras”). De describir a la gente (“Nunca practicaba la pequeñez humana de escucharse sólo a sí mismo”, dice del padre), con una ternura y un acierto que ya quisieran los mejores novelistas de la historia […] Yo confieso que así me he sentido al terminar este libro. Reconfortada. En paz. Agradecida por reconocer el poder sanador de la palabra, del que tanto se habla como una hermosa teoría, pero que esta vez he podido comprobar en mis carnes, en mis ojos torpes que, sin embargo, no han debido escarbar mucho para encontrar y experimentar el sentido profundo de esta claridad del verbo en llamas”
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Sobre Los descalzos
Diario de Navarra
Juan Gracia Armendáriz, 18-11-2023
“El pasado jueves 9 de noviembre, Francisco Javier Irazoki presentó junto a su mujer Barbara Loyer su último libro de poesía, editado por Hiperión con el título Los descalzos. Poesía completa (1976-2023). Quienes tuvimos la fortuna de acompañarlos en la librería Walden sabíamos que estábamos asistiendo a un acto que traspasaba lo estrictamente literario. Con este libro compilatorio Irazoki pone punto final a su obra en verso. A su lado, una mujer de corazón grande y fuerte daba testimonio del amor, esa palabra tan manida pero real, aunque les pese a los cínicos mercachifles de la posverdad. Con este libro, Irazoki cierra casi 50 años de escritura, aunque como el propio escritor nos recordó la llamada ‘poesía’ no se encuentra sólo encerrada en los versos, sino que se halla también en una persona, una situación, una imagen que nos asalta en la calle, una novela, un sonido… La lectura de su obra completa nos confirma que su poesía se encuentra entre la de los grandes poetas de las últimas generaciones. Su poética sirve a un mismo propósito que no puede desgajarse de la actitud vital del autor; la poesía como un acto de placer, bondad e inteligencia. Pocos escritores están a la altura de su propia obra, pues bien, Irazoki la iguala y acaso la supera. En estos días de incertidumbres y desasosiego social su obra es un refugio donde el lector hallará armonía, compasión, humor. Sutiles fogonazos escritos en verso o prosa donde el tiempo parece suspenderse; textos destilados por alguien de una sensibilidad extrema y un dominio del oficio minucioso, delicado, profundo. Tuve la gran suerte de conocerlo siendo yo un veinteañero. Sentados en un banco de la Vuelta del Castillo, me dijo algo que no he olvidado: ‘Hay que obrar bien, aunque sólo sea por estética’. Aprendí tanto de su poesía como de él, hasta hoy. Lean a Irazoki, déjense sorprender por esa capacidad para transformar el daño en belleza; el defecto en luz. En esto que llamamos literatura no se puede aspirar más alto”
El País
Fernando Aramburu, 5-12-2023
Irazoki, un hombre íntegro, un poeta extraordinario
“Escribió: ‘Lo mejor de mi cara es la lechuza’. Y también: ‘Cada hombre cuida un desierto’. Con buen criterio, la editorial Hiperión ha publicado la poesía completa de Francisco Javier Irazoki. He aquí uno de esos hechos relevantes de la cultura española de los que pocos se enteran, empezando por aquellos que cobran por administrar lo que someramente conocen. La voluntad firme de no repetirse anula la prosecución de una obra de altísima calidad humana y literaria. Irazoki nos deja algo menos de 500 páginas de antídoto contra el ruido incesante que nos circunda. El poeta nada reclama para sí, nada espera de nosotros y menos el aplauso que tanto merece. A sus 69 años, considera que ya ha dicho lo que tenía que decir. Conociendo su lealtad con la palabra dada, veo imposible quebrarle la decisión. El poeta ha llamado a su libro Los descalzos en honor de su madre, una campesina humilde que hasta los 15 años no estrenó sus primeros zapatos. Criado en un paisaje de bondad, Irazoki es un maestro del abrazo. Yo no he conocido un ser humano capaz de generar con un solo movimiento corporal una descarga semejante de afecto. De igual modo, se percibe en su literatura, ya sea en prosa o en verso, esa particular vibración humana sin la cual el arte es un estuche acaso bien confeccionado, pero vacío. Él se resiste a entender la poesía como una sustancia privativa de expertos, encerrada en una cárcel de palabras. La concibe como una manera de consumar el hombre moral cuya máxima primera, en su caso al menos, consiste en procurar felicidad a los demás; a lo que cabe añadir el gusto por las cosas bien hechas, el juicio crítico de cualquier forma de crueldad, la aceptación tranquila de nuestra condición pasajera, el ejercicio diario del altruismo, el amor a la naturaleza y, en fin, la gratitud porque la vida exista, aunque no sea para siempre, aunque a veces duela”
ABC
Selección de los mejores libros de poesía española en 2023
27-12-2023
Los descalzos', de Francisco Javier Irazoki
“Aquí está la poesía reunida de Francisco Javier Irazoki, y también su memoria como poeta. Con estos poemas, el gran Zoki dice adiós a la poesía escrita, él que hizo de la palabra esa forma de conocer las encrucijadas de lo real y que abrió la poesía española a una originalidad poco comunes. En ‘Los descalzos’ podemos descubrir toda la aventura de ver y pensar, de decir ese deseo que se abre desde la ventana de sus versos”
El Cultural
Álvaro Valverde, 29-12-2023
“Contiene este libro la obra poética completa del de Lesaka (1954). En verso y prosa, si tal distingo resulta pertinente […] Incluye un espléndido inédito: Música incinerada, que en parte anticipó en la antología Palabra de árbol. Está dedicado a su mujer, Barbara Loyer, y a sus hijos, un significativo gesto que corrobora su fervor familiar, extensible a sus padres o a su hermana Nica, prematuramente muerta, protagonista de ‘Habitación 306’ y ‘Último verano’. La presencia de Barbara y su llegada a París en 1993 marcan un punto de inflexión en su poética. Los tres primeros libros, agrupados en Cielos segados, están impregnados de una rebeldía expresada a través de un surrealismo heterodoxo colmado de metáforas y exuberancia verbal donde se aprecia ‘esa especial destreza suya para la creación de imágenes y símbolos’, señalada por Aramburu; una impronta que no le ha abandonado por completo, asentada en el poder de la imaginación. A partir de Retrato de un hilo, el tono cambia. Su poesía se hace más sobria y menos barroca, en busca de claridad y exactitud, sin renunciar a la minuciosa selección del lenguaje que la caracteriza. Más apegada a la vida. Es incomprensible sin el concepto de compasión (que relaciona con la cordura). Su mundo poético es ante todo moral (léase ‘Manual de rebeliones’). Su escritura, una ética sometida a la belleza. De origen camusiano: sabe decir ‘no’. Humanista. Para él, la poesía ‘no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia’. Autobiográfica y memorialista, lo que cuenta (aquí lo narrativo es esencial) incluye a los demás […] Su mundo, a pesar de la muerte (‘no es una medicina para nadie’), el dolor (‘Rendidos al dolor, somos invulnerables’) y el miedo (‘Éramos personas estropeadas por el miedo’), está a favor de la alegría: ‘Paseo por los goces de la vida’. De ahí que sus versos sean hospitalarios y sosegados. En ellos no cabe el tedio o la indolencia. Sí el amor (que ‘sólo hiere a sus enemigos’), la piedad y la bondad (‘una conquista intelectual’). Como Dickinson, escribe ‘para tamizar su angustia’. La poética de Francisco Javier Irazoki –de la naturaleza a la música– integra la infancia, adolescencia y primera juventud campesina y rural (donde hay que situar el accidente que le dañó la columna irremediablemente) con el cosmopolitismo de su madurez en la gran ciudad; poblada, como aquella, de seres silenciosos y solitarios. Su poesía, ‘un refugio de resistencia’, es honesta, coherente y discreta. Está bien hecha”
El Diario Vasco
Iñigo Urrutia, 30-12-2023
Irazoki, una brújula poética para la conciencia
“Francisco Javier Irazoki anuncia su retirada de la poesía con la publicación de Los descalzos, que reúne toda su obra lírica. Un compendio exuberante de versos y poemas en prosa donde este ‘coleccionista de asombros’ talla una extraordinaria brújula poética para la conciencia. Un festín poético germinado en la probidad personal. ‘La poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia’, escribe. Amalgama una actitud para estar en el mundo y represtigia la bonhomía –‘El triunfo consiste en no haber herido’, ‘La bondad es una conquista intelectual’, ‘El resentimiento poda los días o acelera los relojes’– con los recuerdos de sus primeras vivencias en Lesaka. Luego llegarán las inspiradas en sus estancias en Benarés –‘los siete años que pasé recluido para buscarme’–, Manhattan y, por fin, París, desde hace más de treinta años. Versos que transmiten la mirada íntegra –‘el dolor no debe envenenarme los ojos’– de un poeta discreto, refractario a las vanidades del mundillo literario, y que desea entender a los hombres y guiarse por una razón que sea festiva y de gratitud, un concepto clave en la urdimbre moral de su obra. ‘Nos encaminamos hacia la nada. La gratitud es nuestro escudo contra el dolor’. Tras sus primeras composiciones, en Árgoma (1980), las piezas cultistas de Desierto para Hades (1982 – 1988) y las dedicadas a la pasión amorosa en La miniatura infinita (1989 - 1990), Irazoki va depurando su voz poética y espiga episodios de su infancia y juventud en Lesaka: la llegada de los primeros emigrantes, los pasadores de la muga, cuando Orson Welles rodó en su pueblo, la irrupción de la muerte en casa, o ‘La casa de mi padre’, espléndida versión laica de ‘Nire aitaren etxea defendituko dut’. Con Orquesta de desaparecidos (2015) comienza a fraguar sus mejores creaciones. Ahí reprueba el malditismo poético, festeja al grupo CLOC –‘usamos el surrealismo porque no habíamos asesinado al niño que fuimos’–, celebra a Pablo Antoñana y Ramiro Pinilla, también lo hará en otras piezas con Blas de Otero, Emily Dickinson… Ciento noventa espejos (2016) y El contador de gotas (2019) adunan textos sobre su modo de concebir la poesía, con la bitácora moral de Albert Camus (y Hanna Arendt, otra ‘flecha ética’), con un método desprovisto de ese fracaso al que llaman envidia y de las identidades excluyentes, que disfruta el goce de no tener tiempo para el odio y de la risa que no hiere… Por eso, restaña las heridas del pasado cuando al rastrillar la memoria se topa con el racismo de sus convecinos (‘Barrio Jaén’), con los creyentes y clérigos de la violencia o el suceso de la violación y asesinato de Agnès en París. Pero también el episodio lisérgico de su abuelo, el plantador de tabaco en Lesaka. Irazoki, que tiene a Desprez, Bach, Monteverdi y Charlie Parker en la banda sonora de su vida, incluye en Los descalzos el poemario inédito Música incinerada, basado en una pieza de Orquesta de desaparecidos y que tendrá un desarrollo creativo con el músico Josetxo Silguero y el cineasta Oskar Alegría”
Diario de Sevilla (y otras ocho cabeceras del Grupo Joly)
Gonzalo Gragera, 31-12-2023
La poesía de Francisco Javier Irazoki: ruptura de la lógica y búsqueda de la emoción
“Lo señala Fernando Aramburu en la concisa introducción que abre el volumen de la poesía completa de Francisco Javier Irazoki: su escritura trasciende los límites del oficio, los límites del poema o del texto. Para Irazoki lo poético es un sentido –como la vista, el oído– o un sistema con el que afrontar nuestra vida. Una manera de ser. Una ética, si con esta palabra nos entendemos mejor. Para el autor, la poesía no es únicamente una suma de metáforas, músicas y aciertos expresivos. No es solo eso. También se trata de una impronta, de un carácter, de unos valores con los que aprendemos a convivir con nuestros semejantes. Quizá sea esta una de las principales lecciones que extraemos al leer Los descalzos, título editado en Hiperión y que reúne casi cincuenta años de la poesía de Francisco Javier Irazoki. Desde mediados de los años setenta, con la creación de CLOC, hasta su etapa como crítico literario. El volumen aborda por tanto un amplio periodo en el que sin embargo la poesía apenas varía en lo sustancial –el poeta se mantiene perseverante en su noción de qué es el género–: un método con el que reflexionar acerca de nuestras incertidumbres, una ecuación con la que despejar, a través del lenguaje de la metáfora, aquellas realidades que acontecen. Leemos en el poema “La música” –disciplina crucial en la formación de Irazoki–: “La música es una ciudad helada / con callejas iluminadas de vértigo, / qué decir cuando la calle aprieta la garganta de Janis Joplin / y ella remueve en los bronquios la gavilla de brasas apresadas, / hojea del aire las páginas perforadas por la fiebre”. Otra cualidad que destaca en los poemas de Irazoki es su virtuosismo a la hora de recrear imágenes. La imaginación que se desborda por sus versos, a su vez torrenciales. El autor domina un lenguaje construido a base de herramientas propias del surrealismo, y con él consigue una insólita precisión conceptual. Es curioso el recorrido: la expresión se viste con el atuendo de lo irracional, sin embargo esta indumentaria nos permite alcanzar una lógica. Un sentido. Hay que deformar el sentido del lenguaje para así hallar un lenguaje más depurado. Más elocuente. Más preciso. En Los descalzos leemos una cita –elocuente– de Novalis. Dice así: “Todo lo visible descansa / sobre un fondo invisible”. Podría ser esta la poética –perdón si el término suena pretencioso– que resume la propuesta de Francisco Javier Irazoki. Sus poemas descansan sobre ese fondo invisible, casi sin nombre, de una emoción o de una idea. De una sensación o de nuestra memoria. También de una verdad. La palabra del autor nos aproxima a estos conceptos o formas de sentir. En la obra de Irazoki predomina el poema largo, el versolibrismo, aunque estructurado siempre desde un cuidado ritmo, desde una deliberada melodía. En ningún momento arbitraria. Dando así buena prueba de las técnicas del oficio, de la atenta dedicación de su autor. Entre estos poemas extensos figuran, en el conjunto y casi como contraste, una serie breve. Cercana al haiku. Con su acento de asombros y de revelaciones. Copiamos dos de ellos –muy logrados–: “Para descifrar el universo, / el amante reduce la Naturaleza / a un cuerpo acariciado” y “Ya naciste / con la semilla de la muerte, / y floreces”. Se trabaja aquí la paradoja o la contradicción para llegar a una verdad que deleita y que conmueve. De esas que nos sirven para mirar desde otro enfoque lo tantas veces visto. De esas que nos sirven para aprender, de nuevo, lo que ya sabemos. El poema en prosa es un recurso habitual –sobre todo ya en la madurez– de Francisco Javier Irazoki. Sigue el poeta en su registro solemne, cadencioso, metafórico, aunque reformule la estética. Sin embargo, la tónica general sigue vigente, y así la manifiesta en el poema “Visitantes”: “La poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia”. Se sobreentiende que el autor no se refiere a una conciencia política, ni siquiera social, sino a ese todo que da sentido a cuanto vivimos, experimentamos, razonamos, sentimos. La poesía para Irazoki es lenguaje –en el terreno de la dedicación– y es carácter –una pauta para el ánimo y la escala de valores–. Ahí una de las particularidades que definen la personalidad poética de este creador. La actitud que nos traslada la lectura de un verso notable –bienestar, armonía, sosiego– es la misma actitud desde la que Irazoki se relaciona con nuestro mundo. Por eso no entiende el poeta que la lengua sea un elemento más en la ejecución del horror, en el discurso del miedo. Relevante es al respecto el poema en prosa “Bandada de tijeras”, que se podría leer como un artículo en prensa. Transcribimos parte del último párrafo: “Entre algunos supuestos protectores del euskera no faltaron las desmesuras (…). Al cumplir años he perdido convicciones. Una de ellas sigue conmigo y sé que va a acompañarme hasta los últimos días: quien ama un idioma ama todos los idiomas”. “Envejecer sentado en un refugio de preguntas. El goce de no tener tiempo para el odio”, concluye el poeta Francisco Javier Irazoki en uno de sus poemas en prosa –este casi un catálogo, sabio, de instrucciones para la vida–. Siempre afable, siempre inteligente. Ética y estética. Son esas las dos pesas que equilibran la equilibrada trayectoria poética de un autor que rompe la lógica para así llegar –porque no hay otro camino– a una certeza o a una emoción”
Revista Fanfan
Alfredo Urdaci, 7-1-2023
“Desde París me llega, adelantada a la Epifanía, o día de Reyes, el oro, el incienso y la mirra de Francisco Javier Irazoki. Mi hija recoge del buzón un sobre acolchado y mullido, “lo han metido a presión”, me dice. "Un poeta japonés te manda su obra completa", añade. Se lo cuenta a Irazoki a través de un mensaje privado en la red, y me contesta que su propia hija regresaba del colegio cansada de que la confundieran con una emigrante nipona. Todos caben en esta casa de palabras que ha construido durante cuarenta y siete años y en la que sus lectores buscamos ese “refugio” al que alude el autor en una dedicatoria escrita con caligrafía rectangular cursiva, de letras alineadas como en una partitura. Irazoki ha puesto fin a sus publicaciones poéticas, que no a la poesía, en la que habita, quizá desde antes de ese julio de 1976 en el que escribe Ya ves: “El amor es todavía un escándalo (al menos a este lado del paraíso).” Pero el acto fundacional de su casa de palabras será Habitación 306, versos con los que busca debilitar la muerte que se llevó a su hermana Nica: “no entiendo cómo no han prohibido morir a los 25 años y han dejado al hombre mudo ante el eco impenetrable de los días”. Aquí están agrupados y ordenados, Árgoma, Desiertos para Hades, La miniatura infinita, Retrato de un hilo, Los hombres intermitentes, La nota rota, Orquesta de desaparecidos, Un poema suelto, Ciento noventa espejos, El contador de gotas, y el último de sus libros, Música incinerada, que es para este lector el comienzo de este libro que descansa en la mesilla de noche, para ser breviario en la madrugada y última lectura en la noche. La palabra refugio que el autor escribe en la primera página es la que mejor define esta obra: casa en la que guarecerse del frío de la vida, de la intransigencia, de la violencia, del fracaso, de la decepción, de la soberbia, de los nacionalismos, de las extranjerías. Es una casa llena de habitantes exóticos, y mecida siempre por la música: Bach, John Coltrane, Miles Davis, músicas del Renacimiento, o melodías africanas. La música, “un puente que disuelve orfandades”. En Música incinerada regresa una y otra vez a los temas centrales de su obra, pero encuentra siempre un nuevo hallazgo, una nueva idea que añadir al gran mosaico de su obra, la de un escritor que se fija en lo ínfimo para encontrar lo universal: las hormigas que se afanan en sus tiestos de geranios desde por la mañana, forman parte del mismo cosmos que habitamos, trabajan en el mismo misterio. Pueblan su poesía los descalzos, ese músico callejero, virtuoso, que descubre en la explanada del Centro Pompidou, de “pureza benigna. Desdeñaba las sectas. Ante mí nunca negó el trato cordial al disidente”. O el Joaquín Laín, que llegó a su pueblo, Lesaka, en un grupo de prisioneros, anarquistas vencidos en la Guerra Civil: “para él, herir a otros era rodar hacia una sima”. Evoca sus conversaciones, en las que “de la boca de Joaquín salían unas brújulas: sus palabras descalzas”. Evoca Irazoki la infancia, o el rastro en París de Francisco Javier: “cinco siglos más tarde, recojo las huellas del hombre que continúa viajando con mi nombre”. Rebelde, sí. Pero en su Manual de rebeliones anima a “descubrir alimento en la palabra del discrepante. Atado a mi materia efímera, desobedecer a la angustia”. Recuerda a la madre campesina que aconsejaba a los niños pedir poco, porque los Reyes tienen el encargo de ayudar a muchos niños. Yo no pedí nada, y me trajeron este tesoro de formas en verso y prosas, todas animadas por una poesía que es una casa en la que cabe el milagro de lo humano, de la cordialidad y del asombro, y en la que sobra todo lo demás. Bendito Irazoki, ese poeta japonés”
Diario Público
Enrique Villagrasa, 28-1-2024
“La poesía del reconocido poeta Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) ha sido publicada bajo el título Los descalzos. Poesía completa (1976-2023) (Hiperión). Una gran noticia y todo un acontecimiento, pues su poesía toda, como sus pasos en esta vida, nos ha sido dada para amansar la sed de las personas lectoras: “Mis pasos han sido dados para amansar la sed”. Y a este lector, los descalzos le suenan a las y los carmelitas: Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz, sin ir más lejos: “La vida es un escudo demasiado pequeño / para los que sólo fueron distraídos por el cielo / y con unción contemplaron la luz que no envejece”. Y no es de extrañar pues este poeta es un místico actual, desde sus primeros poemarios; y sí, la mística y su poesía aún tienen cabida en estos tiempos, que se preguntan con él: “¿para qué sed seré la fuente?”
Esta poesía que nos ocupa es una poesía escrita, en verso y prosa, pensando en el otro, objetivo claro y único válido de la poesía y de su poesía sincera, humilde, verdadera. Desde esa ‘Habitación 306’ hasta ese ‘Epitafio con la palabra sí’, pasando por ‘Hijos ahumados’ y ‘Los descalzos’, entre otros 300 poemas, que es esta su poesía, la no olvidada: mirada, memoria, paisaje y lenguaje: “No tuve calzado antes de ser adulta, dijo la madre. Estas palabras fueron entonces mi Finisterre; las escuché pronunciadas sin reproche ni dolor”.
El volumen lleva un proemio de Fernando Aramburu donde asegura que: “Más allá de la labor artesanal de la escritura, que Irazoki lleva a cabo con impecable esmero, la poesía consuma la construcción moral del hombre y reside, por tanto, en su pensamiento y en sus hechos, no sólo en los resultados de su trabajo con la lengua”.
Les aseguro, personas lectoras, que disfrutarán con su lectura y se fascinaran con sus descubrimientos”
Diario Córdoba
Alejandro López Andrada, 24-2-2024
Un mágico temblor
“Desde el verso primero de este volumen magistral de Francisco Javier Irazoki (perteneciente al poema titulado «Habitación 306») hasta el último de la obra (encuadrado en su libro ‘Música incinerada’) las palabras desprenden un mágico temblor, un halo atractivo de naturalidad que traspasa los ojos, la mirada del lector como el suave aleteo de un lento colibrí rozando los pétalos de una salvaje orquídea: «Lo mejor de mi cara es la lechuza. Vive impasible, subida a / unas zarzas blancas.../ Me desvela las noches en que caza demasiado.../ Si me pongo delante de un espejo, no puedo sostenerle/ la mirada» (pág. 203). No es frecuente leer versos así de sugerentes, impregnados de magia, de misterio natural, de cristalina y magmática inocencia. En esos fragmentos de su poema «Autorretrato» el lector ve y, al mismo tiempo, entiende, además de sentirlo, el milagro resplandeciente, horizontal, de la buena poesía, esa que nunca nos engaña, sino que nos seduce y nos eleva hacia un misterio que reside en las cosas más frágiles y sencillas, donde siempre palpita ese mágico fulgor que uno halla en la imagen de un lento atardecer, cuando el cielo se duerme en las ramas de los álamos bebiendo las últimas briznas de la luz. Quien entra en los versos, en la magmática poesía, de Francisco Javier Irazoki sale herido por un delicado temblor de terciopelo que te acaba envolviendo y te hace conectar con el rincón sutil de lo inasible, con la reverberación de lo inefable que reside en las sombras al ser fecundadas por el sol: «Cada uno de los objetos que pretendía vendernos encerraba / un camino para mí.../ Desde algún punto de mi mente los hilos de los olores de sus / productos movían mis pies encaminados hacia el descubrimiento» (pág. 286). La poesía de Irazoki, además de sutil, mágica e inocente, es centelleante, fieramente humana, como el vaho de un chiquillo huérfano, aterido, que pasea y respira sin paraguas en la llovizna buscando el consuelo de una casa abandonada en la que refugiarse de la oscuridad. En los versos que hemos citado unas líneas antes, pertenecientes al poema «El vendedor de caminos» se encuentran los símbolos más genuinos, emocionantes, de la obra poética del autor navarro: imágenes sugestivas y sorprendentes que nos muestran el alma de un hombre muy sencillo, sin ningún recoveco, comprometido con la vida y los vértices cálidos de una realidad que él transforma y realza a través de sus versos zigzagueantes, de sus poemas profundos, necesarios como el aire que cruza las viejas galerías de una mina recóndita, hundida de repente, dando aliento y calor a un minero sepultado: «En mi calle vive el mendigo/ que apura en su voz / las heridas de los hombres que pasan por su lado…/ Nuestro dolor desciende / a las botellas que él apura» (pág. 161).
Resultaría difícil destacar cualquiera de los poemarios recogidos en este enjundioso volumen de poesía, ‘Los descalzos’, pues los versos que escribe Francisco Javier Irazoki tienen todos una altura poética loable. Aun así, en el conjunto hay un par de poemarios imprescindibles, dos piezas que brillan especialmente con luz propia sobre la toda la obra de un poeta magistral que domina las formas del verso y los espacios de la nada fácil poesía narrativa de un modo eficaz, sin dar muestras de artificio, y estos dos poemarios esenciales de Irazoki son, a mi modo de ver, dos obras insólitas por su luminosa y épica belleza: ‘Retrato de un hilo’ (2013) y ‘Orquesta de desaparecidos’ (2014). Del primero de ellos, destacamos el poema titulado «Feria de la sed», donde sobresalen versos como estos: «En el mercado flota / la harija del amanecer, / y las más bellas mujeres caminan / con un leñador dormido en sus ojos» (pág. 178). Aquí vemos de nuevo ese deslumbramiento, ese humano temblor que ocupa la mirada de aquel que se adentra en la lírica sustancia de una poesía misteriosa y transparente, aunque ambos conceptos parezcan antagónicos de entrada. Otro poema muy hermoso de este libro es el titulado «Resurrección inconsciente», en los que la muerte se hace más dócil, cotidiana, próxima al milagro de una resurrección dibujada de forma alegórica y sutil: «Mi mente cose / sus impecables trajes, deshilachados / por una garra oscura» (pág.186).
En cuanto a su libro ‘Orquesta de desaparecidos’ (2014), destacamos especialmente el poema titulado «La casa de mi padre», cuyos versos emanan un halo tierno y, a la vez, desolador, inyectando de nuevo un misterio indescifrable en la mirada inocente del lector que entra en sus versos buscando barro y luz, un bálsamo dulce para su orfandad: «Defenderé la casa de mi padre contra la pureza/ y sus banderas ensangrentadas.../ Ofrecida la casa impediremos que en el espacio de su ausencia/ y memoria los hombres sean extranjeros» (pág. 302). Así es en esencia ‘Los descalzos. Poesía completa’ de Francisco Javier Irazoki, una de esas obras poéticas sublimes que, a leerla, sentimos un mágico temblor, un pellizco fulgente de fiera humanidad”
ABC
Diego Doncel, 9-3-2024
“Francisco Javier Irazoki reúne en 'Los descalzos' su poesía completa. Casi cincuenta años de escritura, un puñado largo de libros, ese peregrinaje de un corazón que ha buscado, poema a poema, un compromiso con la mirada inédita sobre las cosas, con la caligrafía no previsible de las palabras.
De él se puede decir que ha hecho que el poema salte por encima de su forma canónica por una necesidad interior, la de liberar a su poesía de su propio desgaste y de sus callejones sin salida.
Nunca ha `perdido de vista que ser original implica estar atento, estar en continuo asombro ante la verdadera naturaleza de ver y escribir, y nunca se ha propuesto otra cosa que hacer que la escritura haya tenido como fin último lo que podríamos denominar como la conquista de la realidad.
En nadie como en este poeta, que puso tierra por medio para no ser sepultado por las estrecheces de su tiempo , el fervor por lo real es sinónimo del fervor por la dicha de vivir, de estar ante el espectáculo del mundo como el que está ante la parca grandiosidad de las cosas más humildes, y en nadie como en él el poema ha dejado de ser el trompetista que toca en la calle oscura del dolor, para convertirse en la conciencia moral del que mira y se siente agradecido. Situado en el sentido opuesto del «sucede que me canso de ser hombre», que escribió Pablo Neruda, Irazoki escribe para poner al ser humano en relación con la alegría.
Su poesía nos concede la piedad mientras marca el error
Hombre de varias heridas, una de las más profundas sin duda la haber vivido la apoteosis de la violencia en su tierra del País Vasco, o la de haber sido atravesado por muertes cercanas, decidió «celebrar la vida contra las amenazas de su sufrimiento» y refugiarse en una constante oración de la piedad.
Desde varias estéticas, desde varias voces, se puede decir, como ocurre en Chéjov, que su poesía nos concede la piedad mientras marca el error. Por eso, en todo su recorrido como poeta ha estado siempre el ímpetu por apartarse de aquello que no construyera una biografía moral, por aquello que no fuera un acercamiento honesto a la verdad: la naturaleza, la infancia, las calles de la ciudad, el amor, la barbarie social vasca con sus imposiciones ideológicas, es decir, todo un diccionario sentimental y cívico con el que quiere dejar atrás las desesperaciones de un siglo pasado e indicar un camino espiritual distinto, más abierto a gozar de las experiencias terrenales.
Desde los márgenes
A sus setenta años, se puede decir de Irazoki que su talla moral como ciudadano solo es comparable a su talla de poeta sin concesiones. A su modo siempre ha sido una voz inquieta que ha explorado la ampliación de la poesía, que ha fecundado la poesía con otros géneros: el aforismo, la prosa narrativa, el apunte cotidiano o el ensayo. Ha sido el excéntrico que sabía que tenía que escribir desde los márgenes, el que dejó atrás una juventud de poeta surrealista para, desde la libertad de París, alcanzar los misterios de la sencillez y la transparencia.
Ahora, que nos dice que ya nunca escribirá poesía, que se va a convertir en un 'bartleby' de los versos, 'Los descalzos' es su andar con los pies desnudos por una de las trayectorias más seductoras de nuestra poesía, esa que se asomó a los traspatios de la vida para sentirse asombrado por la realidad, esa música constante”
El Correo
Carlos Aganzo, 23-3-2024
La casa definitiva de la poesía de Irazoki
“Desde que se inauguró en 1976 con ‘Árgoma’, la poesía de Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) ha sido como un río intermitente, pero constante. Un río en el que se alternan las aguas tumultuosas y los remansos de una paz nunca exenta de tensión. Y sobre todo los meandros, en los que el agua del presente se enfrenta cara a cara con el agua del pasado, a veces incluso con la del futuro, constituyendo esa fe de vida que, de una manera o de otra, es siempre la poesía, como decía el gran José Hierro.
Una fe de vida en la que la poesía, desde los tiempos más tempranos de su existencia, ha acompañado el devenir vital de Irazoki, miembro de aquel grupo encendido CLOC que buscaba, en San Sebastián, la “tercera revolución surrealista” y también conocido y reconocido periodista musical en el Madrid de la Movida y más allá. Un musicólogo y poeta que al final se quedó a vivir en Francia, donde fue a estudiar Armonía y Composición e Historia de la Música desde el año 1993, si bien desde los puentes permanentemente tendidos hacia España. Un año antes, en 1992, la Universidad del País Vasco publicó la que hasta entonces era su poesía completa, formada, además de por ‘Árgoma’, por los poemarios ‘Desiertos para Hades’ (1988) y ‘La miniatura infinita’ (1990). Más tarde, tras un paréntesis de más de diez años, irían apareciendo nuevos títulos, alternando, como es característico en la obra de Irazoki, “poemas en prosa” y “poemas en verso”: ‘Notas en el camino’ (2002), ‘Los hombres intermitentes’ (2006), ‘Retrato de un hilo’ (2013), ‘Orquesta de desaparecidos’ (2015), ‘El contador de gotas’ (2019) y ‘Oración laica’, edición para coleccionistas publicada junto al artista plástico abulense Ángel Sardina.
Dejando al margen las antologías propias y las colectivas, el décimo libro escrito exento de Francisco Javier Irazoki lleva por título ‘Música incinerada’ y se incluye como novedad en la edición de su poesía completa (1976-2023), que reúne Hiperión bajo el título de ‘Los descalzos’. Un libro en el que “la emoción y el disfrute están garantizados”, en palabras del prologuista, Fernando Aramburu, compañero de aventuras en CLOC (junto a Álvaro Bermejo y José Félix del Hoyo) y autor de ‘Sinfonía corporal’, su propia poesía reunida hasta 2023, de cuya edición precisamente ha sido responsable Irazoki. Y un libro, de nuevo según Aramburu, que constituye la “casa definitiva” de la poesía del escritor navarro. Una casa construida sobre tres centenares de poemas a lo largo de una vida en permanente pulsión creativa.
En ‘Música incinerada’, que, efectivamente, tiene ese carácter de cierre de un gran ciclo vital y poético, quizá con los ojos ya puestos en una nueva etapa diferente de la existencia, Irazoki elige la memoria para dar continuidad, en realidad para desarrollar en profundidad el poema del mismo título que escribió en una de sus obras más personales, ‘Orquesta de desaparecidos’. Memoria fundamentalmente articulada alrededor de sus recuerdos de infancia y juventud en Lesaka, y de sus vivencias y experiencias en París. El París de la pequeña bohemia contemporánea, con sus músicos diurnos y nocturnos, sus blues de piedra, sus brasas musicales y sus personajes de leyenda, como ese músico voluntariamente sin nombre con cuya evocación se abre el libro. Un personaje cien por cien de París para quien el anonimato “formaba parte de su concepción de la belleza”, y que tocaba en las terrazas de la ciudad utilizando cada vez el atavío y los instrumentos adecuados a su estado de humor.
“Coleccionista de asombros”
Música incinerada, quizá, pero permanente en el oído del que lee y escucha los poemas en prosa y en verso de Irazoki, que una vez más, como en todas sus obras anteriores, además del sentido musical, fundamental para comprender su poesía y su vida, se centra sobre todo en la especial capacidad del poeta para captar visiones y conceptos. En el fondo, la labor de un incansable “coleccionista de asombros”, como él mismo dice en uno de sus versos, que busca cada día los “minúsculos prodigios” que suceden a su alrededor. Acontecimientos mínimos, tal vez, pero cargados de un inmenso significado. El significado de esa “construcción moral del hombre” que late en el fondo ético, más allá del estético, de la obra poética de Irazoki.
Un ancho concepto de lo poético donde, ante todo y sobre todo, lo que se muestra es una rara y conmovedora interpretación de la belleza. Una belleza construida “con las treguas del dolor” y tejida “con los huesos de la música”, que en este libro, más que en ningún otro, se asoma, sobre todo en los versos finales, a una nueva realidad que va más allá de lo vivido y se pregunta sobre por lo vivir. Una belleza levantada sobre “el esqueleto del júbilo”, sin duda, pero cosida también “con los hilos de una mortaja”. Ese diálogo permanente en la obra de Irazoki entre lo que está y no está, porque fue o todavía no ha sido, como en los meandros del río de la poesía. Una pregunta que nadie responde. O que se responde en todos y en cada uno de los poemas de este libro de libros”
Cuadernos Hispanoamericanos
Juan Gracia Armendáriz, junio de 2024
Un exceso invertido
La poesía aplicada consiste en no mirar
con ojos llenos de vida estropeada.
FRANCISCO JAVIER IRAZOKI
“La obra de Francisco Javier Irazoki prolonga, contra todo pronóstico, una vida excesiva. Reconozco que el adjetivo resulta engañoso, pues sus excesos traen consigo una semilla que contradice las adicciones tradicionales: sexo, drogas, rocanrol… a excepción de la comida. Cocina con la delicadeza artesanal de los buenos cocineros. Exige, casi ordena, que no dejes nada en el plato, pero es una orden inocua porque colma el deseo del anfitrión. Este lector siente lo mismo con su obra reunida por Hiperión y titulada Los descalzos. Poesía completa (1976-2023). Él nunca ordenará que lean su libro, donde pone punto final a su trayectoria poética, eso me toca a mí, aunque suene excesivo.
Hace años, Irazoki recordaba a aquellas matriarcas que cocinaban suculentos guisos telúricos: alubias rojas con tocino, migas de pastor, un cuenco de cuajada… Platos que poseían el preternatural don de resucitarte. La escritura de Irazoki posee el mismo poder transformador. Su “poesía en prosa,” como él prefiere denominar a sus textos que prescinden de la versificación, se centran en tres títulos: Los hombres intermitentes (1999-2003); Orquesta de desaparecidos (2007-2014) y El contador de gotas (2016-2019). Sin embargo, pueden hallarse textos de similares rasgos en sus cuatro libros de versos: Árgoma (1976-1980); Desiertos para Hades (1982-1988); La miniatura infinita (1989-1990) y Retrato de un hilo (1991-1998), así como en La nota rota (2007) y Ciento noventa espejos (2016). Aunque la poesía sea su plato principal, esta se expresa también en prosa, que condimenta y liga su cocina literaria.
Añoro su pollo al horno, acompañado de lechuga y cebolla recién arrancadas del huerto, pero desde que se fue a vivir a París su cocina ha alcanzado una perfección que aúna la modernidad con la sutileza zen. Nada que ver con Rabelais, nada que ver con La Grande Bouffe. Suele enviar fotografías que acompañan a sus recetas esotéricas. Albergo la convicción de que las escuelas de alta cocina deberían incluir en su programa de estudios la asignatura de Artes Amatorias. No se puede cocinar como él si no eres un buen amante… Cocinar no es el exceso más destacado de Irazoki. Como ya se ha dicho, es poeta y vive en París, lo cual si no es un exceso sí es una hipérbole.
Nació en 1954 en Lesaka, un pueblo fronterizo de la montaña navarra. Irazoki ha dejado escrito que la pobreza y el trabajo duro fueron parte de su paraíso de infancia. Hijo de campesinos, su madre no tuvo zapatos hasta los veinte años. Su hermana le enseñó el español para facilitar su ingreso en la escuela, pues su lengua materna fue el vascuence, aunque haría del castellano su lengua literaria. En el seminario, un grave accidente deportivo le quebró la espalda y le impidió alcanzar la estatura del hombretón que, presumo, sus genes le tenían programada. Su hermana Nica lo introdujo en la literatura con tres autores que exigían un lector avezado: La realidad y el deseo de Luis Cernuda, Ulises de James Joyce y el conjunto de ensayos de Octavio Paz Los signos en rotación. En tanto, afilaba su oído escuchando música de las bandas de la época, cuyas formaciones memorizaba con precisión enciclopédica. Era feliz. Pero la sombra del daño se cernía. Su padre, figura clave en la formación moral de Irazoki, murió. Al tiempo, su madre enfermó, quedando al cuidado de Nica.
Su escritura precisa y los amplios conocimientos musicales le permitieron colaborar en Disco Expres, semanario de difusión nacional editado en Pamplona, lo que le permitió trasladarse a Madrid como crítico musical en la prestigiosa revista El musiquero. No consigo imaginarlo: un joven delicado, culto, con el oído de un búho boreal, caminando por las calles de Lavapiés. Seguía escribiendo entre el descubrimiento de grupos como Burning o los arpegios de un nuevo guitarrista flamenco. El destino, más retorcido que su maltrecha espalda, le tenía preparado otro camino. Nica cae enferma e Irazoki regresa a Lesaka. Tras el fallecimiento de su hermana, pasa siete años de reclusión al cuidado de su madre. Dos mil quinientos días con sus noches. Con la muerte de la madre, se abre una cesura. Podríamos pensar que de una experiencia así sólo puede salir un hombre herido por la amargura; un adicto al silencio triste en el mejor de los casos. Pero de aquella casa salió un hombre que había decidido abrazar la bondad como guía vital. El joven que había entrado en el caserío no era el mismo que cerró la puerta tras él y lo abandonó. Uso el verbo abandonar porque no es una exageración. Lo regaló al que había sido novio de Nica, que entonces formaba una familia y no disponían de vivienda. Al lote añadiremos otra casa, once terrenos, cada uno del tamaño de un campo de fútbol, y trescientas mil pesetas. Repartió entre los amigos su biblioteca personal. Este gesto de renuncia nos da una pista sobre la clase de excesos que le caracterizarían el resto de su vida. Durante un tiempo, trabajó como archivero del ayuntamiento y secretario del juzgado de Lesaka. Los legajos y sumarios del archivo podían competir en orden y pulcritud con los del Pentágono. Su mansa rebeldía se unió al grupo CLOC de Arte y Desarte, formado en San Sebastián por Fernando Aramburu, Álvaro Bermejo, José Félix del Hoyo, Juan Martínez de las Rivas o Miguel Ángel Antón, entre otros miembros. El plan, durante los años convulsos de la Transición, era abrir un hueco para que entrara el aire de la provocación y el humor surrealistas. Una de las acciones que idearon sin posibilidades de éxito fue disfrazar al Cristo que corona el monte Urgull de casero o de guardia civil. En los días de la consulta para refrendar la Constitución, la opción de CLOC fue Nietzsche bai, consigna que decoró algunas paredes de la ciudad. La tomaron con la escultura del Peine del Viento de Chillida; vendían a periodistas culturales el supuesto descubrimiento de un poeta de la Generación del 27 o presentaban poemas de Neruda a concursos en los que el poeta chileno nunca ganaba…
Cuando lo conocí vestía un jersey de lana de color naranja, pantalones azules de faena y sandalias. Añadamos al atuendo melena y barba rubias, piel de recién nacido, ojos azules. De tan limpia, no era fácil mantenerle la mirada. Me intimidaba un poco sin él pretenderlo. No bebía, no fumaba, no se le conocían novias o amantes. “Tengo manos de pianista virgen”, decía. Nos veíamos en un bar que la clientela evitaba porque el dueño tenía el carácter de un demonio de Tasmania. Éramos los únicos clientes, así que en aquel local se podía conversar sin alzar la voz. Solía traer bajo el brazo un libro de poemas recién comprado para mí. Tras ahorrar peseta a peseta se fue a la India. De regreso, nos contó que un día, cansado de callejear por Benarés, se sentó en una esquina. Al poco rato, las rupias tintineaban a su alrededor arrojadas por los turistas, en la creencia de que era un mendigo. Su delicadeza es un exceso invertido contra el que no hay armaduras. No es creyente pero un día, sentados en un banco, me dijo: “Hay que obrar bien, aunque sea por estética”. Cuando halaga sin límites a alguien, el escritor Roberto Herrero tiene una regla que yo hice mía: de entrada, le descuento cincuenta puntos y luego ya veremos si la renta del desconocido aumenta o disminuye.
A principios de los años noventa Barbara Loyer, catedrática de Geopolítica de la Universidad París 8, acudió a su casa para entrevistarlo. Se enamoraron e Irazoki la siguió, “sin saber si viviría bajo un puente roto”. Una hermosa casa en el barrio de Bastille lo esperaba. A los pocos años era padre de Adriel e Ilka. Por esa casa han pasado artistas, escritores, filósofos… Y siguió escribiendo. A veces, la vida olvida la maldad o regresa con ella. Cuando el daño acecha, trabaja. En Ciento noventa espejos da cuenta de ello:
“He pasado muchas horas de aprendizaje en centros a los que nadie desea ir. Los pasillos y salas de hospitales son libros que me instruyen […] Salgo dispuesto a retener lo aprendido. En las proximidades de los hospitales circulan las ambulancias de la filosofía”.
Como ya se habrá sospechado, Irazoki no es un poeta maldito, aunque viva muy cerca del café donde Verlaine se sentaba a beber absenta. La placa exterior que indica el lugar la colocó el Ayuntamiento de París por su empeño. Hasta entonces, los funcionarios municipales parisinos desconocían el verdadero significado de la palabra terquedad. En Café con grito, que pertenece a El contador de gotas, escribe:
“Paul Verlaine existe todavía. Nos cuesta identificarlo porque está dividido en sus herederos de la calle Saint Sabin. Sus fragmentos son un círculo de jóvenes acurrucados en los soportales, una muchacha que pinta precipicios, un borracho violento que tiene una barra metálica en la voz. Otras fracciones del escritor se desplazan en el cuerpo de una guitarra y duermen en el mercado. Hemos visto las astillas de Verlaine en el carro de la compra que empuja un vagabundo”.
Rimbaud, Lautréamont o Baudelaire se adentraron en la isla de los excesos; otros avistaron las nieblas de la locura. A Lautréamont Irazoki le debe un doble asombro, él que los colecciona; la belleza de sus versos y una lección de vida: hacer exactamente lo contrario de lo que proclama el poeta nacido en Montevideo. En Enemigo admirado, perteneciente al libro citado, leemos:
“Mi juventud pasó muchas horas rebatiendo la crueldad bella de los seis cantos del libro de Lautréamont. Las frases doloridas del poeta me exigían elegir con cuidado los argumentos de mi repulsa. Demolí para construirme […] Abro mi ejemplar de Los cantos de Maldoror y mastico una pequeña bola de luz: pan, caracoles, patatas que encierran los alaridos subterráneos de un poeta que, al acogerme en la oscuridad de sus habitaciones, me guió por un camino opuesto”.
Aunque comparte año de nacimiento con el baterista de AC/DC Phil Rudd, y su generación se crio entre los aullidos de Janis Joplin y los riffs flamígeros de la guitarra de Jimi Hendrix, la única droga que ha probado fue el tabaco de efectos lisérgicos que un tío emigrante en Estados Unidos llevó al huerto familiar. Irazoki lo cuenta en Humo paralelo, prosa que incluye en El contador de gotas. Años después de la experiencia, su hermana Nica le diría:
Gracias a aquel tabaco, seremos borrachos sobrios.
Frecuentó al epítome del malditismo español. Visitaba a Leopoldo María Panero en el manicomio de Mondragón y lo llevaba a pasear por San Sebastián. Panero hacía chistes o escupía relámpagos de ingenio. Las risas y el disimulo bajaban el telón cuando llegaba la hora de volver al manicomio. En el taxi de regreso, Irazoki veía caer la máscara. Le miraba un hombre roto por la enfermedad.
Dudo que la cita a AC/DC sea de su agrado, aunque la música sea una de sus artes más queridas, (casi) a la altura de la comida. En París cursó estudios de musicales de Armonía y Composición, Historia de la Música… Se ha destacado la eufonía como una de las características de su escritura, y si bien es cierto que posee un oído admirable, la música es uno de los temas recurrentes de su obra, en la que se pueden encontrar citados a los bluesmen más conspicuos, anónimos guitarristas callejeros, grandes compositores clásicos y modernos, músicos de jazz… Junto a la música se hallarán los marginados: inmigrantes, vagabundos, dementes del barrio, alcohólicos que se beben a morro el desierto… La poética de Irazoki transmuta el dolor ajeno en visiones que quedan fijadas en la memoria visual del lector. En Paisaje visto desde el saxo de John Coltraine e incluido en su libro Los hombres intermitentes, escribe:
“Los monjes del alcohol pasan el día en las calles y al anochecer regresan a sus monasterios de cartones rasgados. Ya no buscan el retiro para ser anacoretas; toda la urbe es lugar solitario, porque los paseantes y conductores de automóviles circulan a una velocidad de viento repentino. Los monjes les saludan levantando su muerte embotellada”.
Otro ejemplo, tomado de Orquesta de desaparecidos:
“[…] El ave llamada Charlie Parker voló desde el gueto pobre hasta la burla de unos aplausos. Ahora prende fuego a la habitación del cuarto piso y ve arder su juventud […]”.
La poesía en prosa de Irazoki es fruto de una mirada muy alejada de lo pintoresco. La suya es una mirada compasiva que entre restos del banquete social encuentra poesía postrada. En El perro del ventrílocuo, texto perteneciente a Los hombres intermitentes, un excremento de perro se convierte en el símbolo escatológico del hombre ensimismado:
“[…] Bastantes personas llevan en la mano un perrito del tamaño de una tarjeta de crédito, un animalito cuyas claves secretas pulsan para recibir lametones o travesuras que a ellas les permite el bálsamo de regañar o desahogarse […] El excremento de perro sobre la acera es el guarismo de la soledad en París; un signo que expresa la cantidad de hombres que imitan voces. Veo un río de seres que, sin otra compañía que la de los animales, hablan solos […]”.
Así como los marginados forman un orfeón de disonancias poéticas, tampoco la obra de Irazoki ha sido ajena a la violencia terrorista. En su libro Los hombres intermitentes, los textos Muerte roñosa y Definición de la patria son muy elocuentes al respecto. La libertad personal y el respeto al otro son límites morales; también la rebeldía individual. Dos referencias muy queridas por Irazoki: El hombre rebelde de Albert Camus y el pensamiento de Hanna Arendt. La libertad individual es ensalzada en La miniatura infinita:
“El paraíso sería insoportable
si no pudiéramos huir de él”.
La poesía de Irazoki es una destilación natural de su forma de estar en el mundo. Entiende por poesía un acto de bondad, belleza e inteligencia.
Hace unas semanas presentó su poesía completa, acompañado por su mujer, Barbara Loyer. Fue un acto de amor, aunque la palabra genere inquietud entre los mercachifles de la posverdad.
En Barbara (1), incluido en Música incinerada, Irazoki escribe:
“[…] Meses después del primer saludo, nos refugiamos en una vivienda de maderas crujientes. Nos oponíamos a las tristezas exteriores uniendo la literatura, el entendimiento y los entusiasmos físicos […] Tres décadas y dos hijos más tarde, repaso su sabiduría callada y su equilibrio paciente. Afila la palabra justicia. Todos los días contemplo a un ser ante el que la enfermedad debería avergonzarse”.
Aunque con Los descalzos pone punto final a su poesía en verso, la encontrará en otros cauces creativos. La bondad y la belleza nunca son suficientes. Las necesitamos más allá de todo exceso”
La Opinión de Málaga
José Antonio Santano, 22-12-2024
Francisco Javier Irazoki: la voz que despierta a la conciencia
“Se preguntaba el crítico y poeta español Gerardo Diego: “Y ¿qué es, qué puede ser un panorama poético? ¿Qué perspectivas nos aguardan cuando empecemos a tender la vista a la redonda? Un panorama poético, un paisaje de poesía será esencialmente eso, poesía, pero no aislada, exclusiva y excluyente. La poesía es un hecho, una gloria humana y, como tal, necesita, exige una tierra, un contorno, una atmósfera total y diversa, de la que se nutre y sostiene. Nada humano le puede ser ajeno”. Y, ciertamente, la poesía necesita de un territorio del que alimentarse; es tan consustancial al ser humano que no puede eludirse. Tal es la fuerza de la poesía que en todo vive y se manifiesta por mucho que les pese a algunos. La poesía es árbol y raíz al mismo tiempo, y nada se escapa a la mirada del poeta. En esta ocasión esa mirada no es otra que la del poeta navarro Francisco Javier Irazoki (Lesaka, 1954) y su libro Los descalzos, que recoge su poesía completa (1976-2023).
Irazoki ha sido periodista musical en Madrid y formó parte de CLOC, grupo de escritores surrealistas. Reside en París desde 1993, donde ha cursado estudios musicales de Armonía y Composición, Historia de la Música y otros. Durante los años 2009 a 2013 escribió su columna Radio París en El Cultural, suplemento del diario El Mundo. En la actualidad es crítico de poesía en dicha revista.
En el breve comentario del escritor Fernando Aramburu, que sirve a manera de proemio o prólogo, se dice: “El presente libro ha sido concebido por su autor como una casa definitiva. Contiene la que él considera su obra poética completa”, y más adelante afirma: “Conozco a Irazoki lo suficiente como para estar seguro de que ha dado por concluida su labor creativa, al menos en lo que se refiere a libros de poemas”. Contiene este libro, como ya se ha dicho, la poesía completa de Irazoki, casi 500 páginas trenzadas con el hilo de un lenguaje que nos conduce hacia el misterio y los asombros de realidades que el poeta transfigura en otras y donde la luz más íntima del silencio se abisma en la magia de los días. Los poemas contenidos en este libro, sean breves como un haiku, un aforismo o sean versos en prosa, iluminan cada una de sus páginas. Es la suya una poesía testimonial, de una hondura desconcertante, alienada con un surrealismo de naturaleza humanística que recorre la cotidianidad de los días y el pensamiento que entronca con las ideas y las artes, así como de una sencillez poco frecuente en la poesía española actual. Una poesía que tiene como elementos clave el paso del tiempo, el dolor, las desapariciones, la honda reflexión de lo vivido, la compasión y la libertad, lo autobiográfico, siempre presente, en esa búsqueda de una poesía trascendente, abierta al mundo en cualquiera de sus experiencias, realzando así una ética infrecuente hoy por hoy, donde lo humano se convierte en el centro de su universo poético.
En este itinerario poético que se inicia con su primer libro Árgoma, al que suceden otros como Desiertos para Hades, La miniatura infinita, Retrato de un hilo, Los hombres intermitentes, Orquesta de desaparecidos, Ciento noventa espejos, El contador de gotas, hasta concluir con Música incinerada, Irazoki se muestra como el extraordinario poeta que es, desde sus primeros textos de juventud a los últimos poemas en prosa que constituyen, básicamente, su manera de entender el mundo, pero sobre todo de comprender al ser humano en cualquiera de sus experiencias vitales, bajo una concepción donde no tiene cabida alguna la intolerancia o el odio.
Difícilmente podemos reproducir aquí todos los destellos poéticos de Irazoki, pero sí algunos que me parecen claves para entender el universo íntimo del poeta, como pueden serlo los poemas “Habitación 306”, dedicado a su hermana Nica (“no entiendo cómo no han prohibido morir a los 25 años / y han dejado al hombre mudo ante el eco impenetrable / de los días, / con el fondo de la vida atafagándole las sienes…”) o “Palabra de árbol”, que dedica a la muerte del hermano (“No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida // Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos”); el eco constante del paso del tiempo (“… Mi juventud fue la de un anciano sin amargura. La contemplación temprana de la muerte me había apartado del lujo de las lágrimas. Quise exprimir el tiempo…”); la presencia del dolor (“Al igual que el topo y la astilla, conocí el dolor, me aparté y fui a hablar a una piedra. // El niño que fui se transformó en sus viajes a la piedra”) que deriva en la celebración de la vida (“La gratitud es el tamiz que me separa de lo oscuro. Y con las humillaciones del dolor he moldeado mi respuesta: celebrar la vida contra las amenazas de su sufrimiento”). Además, tanto el paisaje urbano (Nueva York, Pamplona, Benarés y París, sobre todo), como el rural (fundamentalmente Lesaka), permiten al poeta expresar un hondo sentimiento y una pureza reflexiva singular (“En mis visitas a Lesaka, compruebo que los terrenos se han encogido. Las púas de los alambres que delimitan las praderas sujetan ahora unos retales blancos, y el viento bate esos jirones de las ropas de los ausentes. Otras llamadas siguen despegando las calles del pueblo, y aumenta el grupo de hombres y mujeres que pasean en mi memoria al despedirse de una patria de huecos. Pronto seré el viejo que lleva en un bolsillo toda la extensión de su tierra”.
El yo poético surge y resurge para descubrirnos los acontecimientos de la vida diaria, en los que la literatura, la música (culta o callejera), lo autobiográfico, y siempre los olvidados y ausentes conforman un corpus poético extraordinario, donde ética y estética se perfeccionan. Porque para Irazoki “la poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia”
Letras Libres
Bárbara Mingo Costales, diciembre de 2024
Casa abierta y concurrida
“¿Quiénes serán los descalzos que titulan el libro en el que Francisco Javier Irazoki ha reunido su poesía completa? ¿Son los propios poemas, que se han despojado de lo artificial y que caminan sin hacer ruido y liberados? ¿Son los personajes que aparecen en esta antología, la serie de hombres y mujeres con los que el autor se ha cruzado a lo largo de su vida, más los que no llegó a conocer pero que considera cercanos por la compañía que le han hecho su música, sus libros, su ejemplo o sus historias? En este volumen publicado en Hiperión el autor ha recogido “todo lo que tenía que decir”, según su propia expresión, como cuenta su amigo desde la primera juventud Fernando Aramburu en el breve texto que introduce el libro y que se llama “Casa poética” (“concebido por su autor como una casa definitiva”). Y lo que encontramos en los poemas es una asombrosa concurrencia de personajes, lo que quiere decir que esa casa ha estado abierta, y también quiere decir que a toda esa gente Irazoki la siente íntimamente ligada a su vida, imprescindible o determinante para su devenir. Que cuenta con ellos.
Los poemas más antiguos están fechados en 1976, cuando el autor tenía veintidós años. Están llenos de imágenes algo escurridizas: en algunas como “el taller de sueños estériles”, “petirrojos asfixiados de nostalgia”, “la ternura empolvada de los edificios que se tambalean” o “palpar tus brazos carbonizados por la compasión” van a encontrarse lo matérico o duro (taller, asfixia, demoliciones, lo carbonizado) con lo etéreo (sueños, nostalgia, compasión). Mientras lo escribo sospecho que algo de ese contraste se ha mantenido a lo largo de los años y que podría detectarse en los poemas más recientes, más como fondo que como expresión explícita. Ahí quizá estén el muro y la herramienta con que el poeta le ha practicado una abertura por los que se accede a los mundos interiores.
La compañía: ya desde el principio aparece la multitud de gente. Hiparquia, Diótima (precisamente la amada de Hiperión), Mahavira, Novalis, Cuauhtémoc, Juan de la Cruz o Jakob Böhme tienen cada cual su breve poema, un poco a la manera de Spoon River, porque es como si expusieran el eje de su vida y su condensación (como cuando Cuauhtémoc dice “Ahora el triunfo y la derrota me parecen candores / idénticos, simulacros de ciega devoción”). En la exposición de sus peripecias e impresiones parece quedar un ejemplo de vida, para quien quiera tomarlo. Más adelante irán apareciendo personajes sin nombre, mendigos, músicos callejeros (¡muchísimos músicos en este libro!), personas que asoman fugazmente. ¿A quién recuerda esta escritura, allá por la mitad del libro? ¡A Leonard Cohen, a sus letras, poemas y novelas! Y lo hace en sus temas pero también en el fraseo, en la cadencia y en las imágenes. Efectivamente, páginas más allá nos encontramos con una carta dirigida a él. Las menciones a músicos son muy numerosas, y se capta rápidamente la benéfica influencia que se busca en la música, y que la música ejerce, si se está disponible. Si se ha estado abierto y disponible, y si se tiene suerte, avanzado el tiempo uno podrá reconocer la identidad de todo lo que le rodea: “Desde los tejados y árboles desciende una música alimentada por insectos y semillas. En los sonidos bajan las voces de Thomas Tallis…” Han venido también J.S. Bach, Sarah Vaughan, Bessie Smith, Nina Simone, Brassens con su “cinismo bondadoso”, Charlie Parker, Pink Floyd… Cada vez que aparece la música se siente una subida de intensidad, un agradecimiento y una alegría en el poema. Pero se trata de una actitud general. La decisión consciente de disfrutar de la vida, de no añadir dolor al dolor, de detenerse en lo bueno y de no dedicar tiempo al rencor se transparenta a lo largo de todo el libro, cuando no se menciona explícitamente. Desde que la leí me ha vuelto a la cabeza varias veces una frase que aparece dos veces en el libro –porque el poema se nos ofrece en dos variaciones–, que dice: “Es triste pero no me va a entristecer”. El personaje que la pronuncia podría desarrollarse en una novela.
Las estampas que componen el grueso de la segunda mitad del libro tienen mucha potencia narrativa, pero qué más da si es poesía o es novela, si son fragmentos rescatados de la infancia y de la primera juventud, que traen delante de nuestros ojos temperaturas, brillos, contrastes y escenas a veces emocionantes, a veces escalofriantes, la educación sentimental en el ambiente rural vasco de los años cincuenta o sesenta. Aquí encontramos versos como “Defenderé la casa de mi padre contra la pureza y sus banderas ensangrentadas”, donde se reconoce también el contraste ya mencionado entre lo aristado y lo aéreo. Remueven especialmente algunos recuerdos de trabajadores de las fábricas llegados al País Vasco desde otras partes de España, y conclusiones como las que encontramos al final del poema en prosa “Barrio Jaén”: “Era ya un habitante inmóvil de nuestro racismo”. La mención al racismo es frecuente, junto a los estupores infantiles frente al comportamiento de los adultos. Asistimos en el libro a la formación de una personalidad para la que, insisto, ha sido determinante la elección del camino luminoso y cordial, curioso hacia sus semejantes. Otra imagen que se me ha quedado grabada es la invitación a los niños, a los amigos de los hijos que vienen a casa, que los huéspedes sean niños, aquí en un poema con un desenlace sobrecogedor.
Los descalzos es un libro emocionante, lleno de impresiones sensoriales (al leer algunos recuerdos de infancia casi vemos la luz metálica) que son importantes porque es en su seno donde la conciencia se descubre a sí misma, se da cuenta de que tiene cierta libertad y decide ponerse al servicio de lo que considera bueno” |