AUTORRETRATO

Lo mejor de mi cara es la lechuza. Vive impasible, subida a unas zarzas blancas. A veces noto el roce de su plumaje amarillo en la frente, o de sus uñas negras que dan cuerda al tiempo en mis arrugas. Me desvela las noches en que caza demasiado, y las mujeres me consolaron al oír su graznido lúgubre cuando volaba. Si me pongo delante de un espejo, no puedo sostenerle la mirada.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

PALABRA DE ÁRBOL

No conocí al que murió en el vientre de mi madre. La abuela lo recogió, dijo que era grande como un guía y lo puso en el hoyo que el padre había cavado entre las raíces de mi higuera preferida.

Yo pasaba tardes enteras bajo el gris áspero de las hojas del árbol, esperando que naciesen los higos. Cogía al fin el fruto blando y tocaba su piel negra que después deshacía en tiras. Cada hilo era una puerta para adentrarme en mi hermano muerto y lo paladeaba al ritmo lento de un viajero antiguo. Luego rompía con los dientes las semillas menudas del interior. Ellas contenían palabras, voces que subieron por la savia de la higuera.

Los otros niños crecieron descubriendo aventuras. Para mí, crecer fue sentir el paso del tiempo al escuchar los mensajes que un muerto me enviaba desde sus frutos.

Alguien quiso una ceremonia devota en aquel lugar. De la cartera de mi ojo derecho saqué una lágrima inmóvil. Una lágrima petrificada que se transformó en blasfemia de fuego cuando la deposité en la escudilla situada a los pies de los ídolos.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

LECCIÓN DE PÁJAROS

Nevaba cinco o seis veces al año. Pero era de verdad, y los prados, las casas y los árboles amanecían cubiertos del color blanco que cegaba a los caballos. Éstos rompían con sus cascos la nieve, en busca de un poco de hierba sepultada, o golpeaban con el hocico las ramas, y morían después de comer las hojas de los tejos. Los pájaros, hambrientos, les despedían con un réquiem muy delgado.

Veíamos el vuelo desorientado de los petirrojos y tordos, hasta que descubrían la abertura de la vivienda. Entraban en aquel túnel y caían a un desierto de oro: el suelo del desván cubierto de mazorcas de maíz.

Algunas aves llegaban sin energía para comer los granos sobre los que enseguida se desplomaban. Yo, niño pequeño, apretaba con fuerza sus bultos para fundir los hielos de la muerte, y descendía rápidamente a la habitación donde una cocina de leña caldeaba los cuerpos de mi familia. Colocaba los pájaros cerca del horno. Ardían unos troncos de manzanos y cerezos sobre los que esos pájaros cantaron el verano anterior. Los árboles cortados por el hacha de mi padre agradecían con el calor los cantos que aliviaron su vejez.

Esta fue la primera enseñanza. Vi pronto la sombra, aunque blanca, y el vuelo frágil que quería esquivarla.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

HIJOS AHUMADOS

Soy de esos vascos a los que, en su infancia, el cuartel de la Guardia Civil no les infundía miedo sino pena. Estaba lleno de hombres adustos y domésticos que llegaban a pie a los caseríos y, envueltos en sus capas, nos pedían una firma que probaba el cumplimiento de la ronda de vigilancia. Se adentraban confiados en nuestras viviendas, depositaban los pistolones, desceñían correas e iniciábamos la charla. En invierno, delante de la lumbre, mi madre les ofrecía café humeante y, si era fiesta, algún dulce. En verano, los invitábamos a arrancar los frutos de los árboles. Avanzaban lentamente bajo un sol que castigaba la sumisión al uniforme grueso. A mí me gustaba imaginarlos ladrones de cerezas.

Asistíamos a la fiesta anual del cuartel y estrené mi tristeza en el patio de lajas sombrías. Qué olor a coliflores hervidas en lejía. Sólo la música mala anima a emborracharse, pero aquella era de tan pésimo gusto que paralizaba los labios sedientos.

Crecimos, y no olvidaré la oscuridad veloz de los inviernos. Subíamos del colegio guiados por el lenguaje de las linternas de los contrabandistas. Mi padre halló, escondidos en un almiar de helecho, varios frascos de perfume francés y ni se atrevió a tocarlos por miedo al lujo excesivo. Sospechábamos que los matuteros y guardias compartían, por turnos caballerosamente respetados, el uso nocturno de una borda cercana al caserío. Algunas mañanas examiné el camastro de heno e intenté separar las huellas fragantes del contrabandista de café y los rastros severos del perseguidor.

En la adolescencia, los poemas de Blas de Otero y César Vallejo me condujeron a los textos de Karl Marx. Mostré aquellos libros secretos a los guardias que calentaban el desayuno en la cocina de mi casa. Cómo desconfiar de unos hombres cuyo deje andaluz o sequedad extremeña añadía acentos tan gratos al diálogo.

Después el ambiente se enturbió. En el entusiasmo de la transición política de los años setenta, unos cobardes dijeron que íbamos a transformar el mundo, y para ello únicamente hicieron el esfuerzo íntimo de cambiar la orientación de sus zarpas. Señalaron con inquina a los guardias. Éstos reaccionaron con zafiedad. Fui retenido en un control ordinario. Borrachos, me amenazaron y se rieron de mí.

Desde entonces, caminé con el presentimiento de ser odiado por los árboles anochecidos.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

MENÚ DEL CIELO

«Vas a morir, vas a morir», me repitió el cura que imponía silencio cuando debíamos acostarnos. Él se paseaba en el dormitorio de techos altos y paredes grises y, aunque ninguna luz estuviese encendida, lo veíamos acecharnos entre las hileras de camas y armarios. Nos despertaba al amanecer, con las mentes sacudidas por el sonido de una esquila, depositaba el desayuno y desaparecía después de anotar en su cuaderno la evolución de nuestras enfermedades.

Los otros alumnos sanaron, y me quedé solo en la pieza. Mi fiebre no podía darle calor a un espacio tan grande, y me distraje recordando la llegada al seminario. Como cualquier viaje a los pueblos cercanos implicaba entonces una aventura de mapas extranjeros, el coche se perdió en la niebla. «El auto ha sentido la llamada de Dios», advertían mis familiares, y yo protesté sin ser oído por el conductor maldiciente, hasta que divisamos un enorme edificio de hormigón. Ya era viejo antes de estar acabado, con claraboyas nubladas y patios de gravilla suelta.

Me integré en una multitud de jóvenes uniformados. Decían la palabra espíritu con aspavientos de hombres ruidosos, sin renunciar a las envidias escolares o disputas deportivas, pero necesité su desorden en los campos de fútbol. También busqué esa compañía en el comedor donde vaciábamos las ollas repletas del rancho que una decena de novicios condimentaba únicamente con su soltería. Los curas se sentaban a una larga mesa con mantel, y cronometrábamos cada tiento que uno de ellos daba al vino, a la espera de otra marca atlética. La transubstanciación fue un buen invento para aquel vampiro tan aficionado a la sangre de Dios.

Los fines de semana varios profesores impartían clases de silbido contra un dictador e íbamos al centro del pueblo. Allí nos aguardaban las juventudes ateas, que con sus baldes de agua combatían nuestra mugre medieval y reducían ardores sexuales.

Un día de invierno, en el recreo, fui empujado, caí de espaldas y quedé tendido junto a la portería de fútbol. El médico vino a tocar el dolor de mi columna vertebral.

Eran los años en que algunos de aquellos curas bajaron a las fábricas con unas estampas de Karl Marx descubiertas en los evangelios. El que me vigilaba de noche escogió ese camino y esperé su cambio de actitud, pero aún dejaba sobre mi mesilla de enfermo la bandeja con el mismo desayuno: un vaso de leche, dos o tres tostadas y un poco de muerte para untarlas.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

ÁLBUM

El que se rebelaba contra las normas del colegio caía en una habitación oscura.

Ya habían pasado más de veinte años desde el final de la guerra, pero el miedo estaba aún en los cuadernos escolares. Lo vencíamos con la exaltación del juego o mirando el humo del serrín y de los troncos que ardían en las estufas. También lo desviábamos con la somnolencia. En invierno hicimos muchas siestas bajo el abrigo de las imágenes del dictador erguido sobre un caballo.

Sólo un niño se oponía a los enseñantes del miedo. «¿Habéis besado el anillo del cuervo?», preguntó con unas hebras de tabaco entre las comisuras de los labios, mientras señalaba al sacerdote que dócilmente saludábamos. Admiré su audacia endurecida por los encierros frecuentes en la sala de castigo con que nos amenazaron.

Al entrar en clase, yo sacaba de mis bolsillos las astillas y hojas de árboles que recogía en el camino. La corteza lisa del haya fue mi amuleto. Con los dedos abrí las agallas de roble y preparé una sepultura para aquellas palabras que no había comprendido. Arcabuz, cordillera y afluente pasaron bastantes semanas en el hueco, hasta que sus significados levantaron el vuelo.

Cierto día, una profesora, cansada de mi torpeza al leer, me quitó el libro y lo lanzó al techo. Las tapas y hojas se despegaron en el aire. Los folios y las carcajadas de los niños bajaron lentamente y me cubrieron. Braceé en el interior, y en ese momento comprendí que algunas risas eran el cuarto oscuro.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

EJECUCIÓN DE LA INFANCIA

Yo era espía en las vacaciones de invierno, y vigilaba a un vecino.

Cada día, temprano, aquel hombre apuntaba con la escopeta al suelo blanco. Lo hacía casi sin reposo, hasta que se iban las mejores luces y empezaba a escarchar. Sus pasos silenciosos no interrumpían el sueño de las larvas.

Una mañana como otras él mantuvo su mirada fija en un punto de la superficie y el dedo enroscado en el gatillo del arma, y esperó las palpitaciones subterráneas. Pero mi angustia disipó la escena. La figura del hombre subió descosida entre las ramas de los árboles.

Desaparecido el cazador, perforé con manos de niño el montoncito de arcilla helada y dejé caer en el agujero mis regalos: orugas y lambrijas, o mariposas que volaban sin rumbo en las galerías de los topos.

Pasé horas a la escucha del trote de los animales en la madriguera, como acaso ellos aguardaban mis pensamientos y gusanos.

La realidad disparó mientras yo dormía. Allí estaba, sobre la hierba ensangrentada, el cuerpo abultado y suave del topo. Y sus ojos tapados por el pelo de mi infancia muerta.

Palpé a solas, largamente, la tierra anochecida que aferraban sus uñas.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

RETRATO DE MI GUARDAESPALDAS

De noche, con la sombra y el silencio de los habitantes de la casa, el reloj de pared renueva su libertad. Sus miembros se despiden y dispersan hasta casi el amanecer. Las ruedas dentadas descienden por los anaqueles de la biblioteca, mientras el péndulo arrastra con torpeza su movimiento uniforme y las manecillas navegan por el aire.

Yo lo observo bien en la oscuridad, porque el daño infligido por el tiempo que mide ese reloj me ha dado las facultades de la pupila del gato. Y, confiados, los muelles se acercan al rincón donde lustro el cristal de la tapa. Cae el polvo del día, la tierra muy seca de los minutos, esa sustancia negra que depositan las horas. A medida que los rastros del tiempo desaparecen de la superficie que limpio, algunos accesorios aumentan su ligereza y energía.

Es el momento en que cada fragmento vive de manera humana. Veo que las manecillas se aman o cabecean con sopor, y que las oscilaciones de la péndola regulan sus euforias y desánimos. Hoy a los muelles les dolerá la cabeza, a las maderas les llega el aroma punzante de los bosques, y las ruedas dentadas mueven circularmente una pregunta.

En cuanto aparece una fisura en el horizonte nocturno, las partes del reloj se reúnen con prontitud de animales perseguidos por la claridad. Cruzan la habitación, saltan del suelo a los muebles y suben al sitio que deben ocupar en la pared. Encajan las piezas en el conjunto recompuesto y al principio traquetean con respiración difícil. Cuando las primeras luces bajan de la claraboya y se filtran entre los visillos, todos los mecanismos trabajan en su celda de fríos auxiliares del tiempo.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

ANTES DE LOS CLAVELES

Aprendí el lenguaje de los sordos gracias a unos hombres que huían de la pobreza. Llamaban golpeando suavemente la puerta, y yo veía por una rejilla aquellos rostros asustados. A menudo enfermos, sus gestos dibujaban las lindes de Francia.

Los portugueses no nos pedían ayuda en verano; esperaban que un viento frío recluyese a nuestros guardias en los cuarteles. Y quienes no sabíamos predecir la conducta de ninguna nube nos orientábamos al distinguir en los montes la capa verde del agente o el tabardo descosido del inmigrante. Eran dos penurias enemigas que el contrabandista alumbraba con una linterna.

Sus visitas significaron para los niños el descubrimiento de la humildad y el rostro cetrino. Los adultos hablaban entre dientes contra dos tiranías y acordaban un precio antes de dirigirse a la frontera que explicaron con sus dedos. Mis parientes y vecinos los guiaban en expediciones nocturnas a través de los bosques, y con frecuencia debían cargar sobre los hombros el cuerpo de alguien herido.

A veces un prófugo moría en el río Bidasoa y cruzaba hinchado las pesadillas infantiles.

Años después conocí escritas las palabras que los visitantes no me dijeron, y soñé que acompañaba a mis familiares en el tráfico de perfumes, vituallas y hombres portugueses, y que escondía debajo de unas hojas secas el pequeño paquete de heterónimos.

Ahora veo a esos fugitivos en París, donde tienen fama de cabales y han construido casas. Desean regresar al país del que escaparon. Me lo dicen en un idioma común, sin gestos, mientras cierran la vejez con sus llaves de conserjes.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

INAUGURACIÓN DEL EXTRANJERO

Vinieron con brío que era la prisa de su pobreza, y tuvimos que acogerlos en pensiones improvisadas. A otros más rebeldes o pendencieros los alojaron en un barracón de hojalatas al que se accedía por un puente de piedra. Allí vislumbré de noche sus cuerpos apenas iluminados.

Casi todos trabajaron en oficios de vértigo para los que no teníamos coraje. Subidos al techo de una fábrica o sujetos a un poste, soldaban viguetas y tendían cables de electricidad, y su indiferencia ante el peligro aumentó la distancia desde la que los admirábamos.

De dónde llegan, nos decíamos los niños, mientras los dedos índices iban de Ecuador a los círculos polares del mapamundi escolar, sin que tropezaran con unos nombres, Asturias o Extremadura, inventados para nuestro extravío. Aún creció la cautela con que los adultos los observaban en las calles, siempre desde una lejanía que les evitase su saludo y el roce de su acento.

Yo los espié en las cercanías de una taberna y vi que algunos quemaban con alcohol el trecho que les impusimos. Solamente unas cuantas chicas se atrevieron enseguida a tratarlos, y nacieron amores que disgustaron a los nativos.

Por fin, la muerte fue el imán que nos atrajo hacia los inmigrantes. Tres o cuatro de ellos cayeron de una altura para pájaros exóticos y se estrellaron contra el suelo de piedra. Ocurrió al atardecer, o quizá a mediodía con un cielo sucio, como si también las luces desdeñaran a esas víctimas, y recuerdo carreras de mujeres y la claridad rápida de sus velas sobre los rostros de los caídos. No hubo ceremonias ni banderas humillantes, ninguna lágrima, pero los muertos se incorporaron un poco, envolvieron en una sábana sus miembros heridos por el golpe y ensayaron la postura al arrellanarse en mi mente.

Les adeudo el favor de haber manchado la pureza dañina de mi infancia.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

SI SONREÍAS EN EL SUR, TE CACHEABAN

Veníamos de pegar unas coces futboleras y las chicas se iniciaban en el sexo con el dial de la radio. Los días eran para el charco, la navaja y la voz de Matilde Conesa. Las noches, para oír en la emisora extranjera un poco de esperanza contra el tirano.

Teníamos la brújula tan estropeada que señalaba dos veces el Norte. Una de sus agujas nos servía de marcapáginas del devocionario de Karl Marx. La otra medía melenas rebeldes y tasaba las vidas normales para que supiéramos el precio de la locura. En el fondo de la brújula guardábamos el consejo cantado por Georges Brassens: muramos por ideas, de acuerdo, pero de muerte lenta.

Los menos pacatos cogieron el tren. Algunos regresaron con los pantalones rotos en nombre de la libertad, los pies descalzos y un humo de hierbas volcado en sus ojos. Al parecer, tal como prometían las canciones francesas y los poetas catalanes que escribieron a su sombra, la vida no se repetía tan gris como el verde de mi aldea.

Fue el final del invierno y el inicio de mi adolescencia. Recuerdo que yo bajaba la cuesta que otros jóvenes subían. Nos cruzamos ese saludo vasco en que la cabeza sacude su mudez bovina, y seguimos nuestro camino. Me volví para mirarlos, porque uno de ellos tenía aspecto diferente: melenas y barba y, el colmo del atrevimiento en el país de la clerigalla rijosa y el luto, una pamela.

Aún lo vi en una fiesta del pueblo. Llevaba escrita en su camiseta la palabra Ollua, y supe que era el sobrenombre de una mujer de París, donde ese joven se empapaba de música y teatro vanguardista. También me dijeron que leía libros, mientras nosotros devorábamos volúmenes sobre el declive del zapapico en las labores agrícolas de Anchurieta.
Su imagen e indumentaria transmitían aventuras e idiomas desconocidos y, gracias a él, prometí no reducir el mundo al tamaño de un bonsái podado con las tijeras de la provincia.
Pronto llegaron los primeros besos. Aunque esperados, nos sorprendió su sabor a hupe y hoja muerta.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

DE CUERVOS Y TRUCHAS

En otoño el maestro propuso sustituir las aulas por la felicidad violenta de los frontones, y organizó el entierro de un pájaro. Los escolares cruzaron en silencio una arboleda, él hizo el agujero entre las toperas, alguien cantó.

El profesor era sirviente de un mundo enemigo, porque los padres de sus alumnos desconfiaban de tantos gozos. ¿No estaba claro que la cultura debía ser una acidez útil?

Lo conocí en el hostal de los solitarios, adonde vino enfermo. Cuando sus fármacos le disminuían el dolor, me acompañaba en mis paseos por los montes, y me describía la niñez en el bosque y los secretos del ave escondida cuyo graznido imitaba. Al instante escuchábamos la respuesta del cuervo. La fraternidad equivocada de ese diálogo podía durar varios minutos.

Algunas veces el maestro bebía unos licores hirientes, y lo veíamos caminar con su mirada perdida. O conducía con una sola mano el coche, mientras con la otra lanzaba por la ventanilla unos papeles minuciosamente cortados. También fueron habituales sus cabriolas y volteretas.

Cierta noche quiso definirme el momento principal de su vida. Recordaba los detalles del día en que pescó una trucha, y explicaba su asombro al sentir las sacudidas de la muerte en el cuerpo del pez. Se quedó paralizado, sin fuerzas para devolver al agua aquella muerte.

Él murió con menos de treinta años. Los colegiales y adultos lo despidieron con emociones opuestas, mientras yo pensaba en un pez acróbata.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

MUERTE ROÑOSA

Cuánto me gustaban sus manos en mi cuerpo asesino.

Palpaba con cuidado de amante aprensivo todo mi mecanismo. Me transmitía la mezcla de placer y temor en cada una de las manipulaciones. Creo que incluso sentí su orgullo cuando me introdujo en la bolsa y me transportó al lugar del crimen. Ningún otro hombre de la organización estaba autorizado a tocarme.

Yo debía estallar debajo de un coche, donde fui colocada con el miedo frío que impongo, en el instante en que el enemigo encendiese el motor. Un detalle desbarató el plan: aparcado en las afueras de la ciudad, el automóvil había sufrido un percance mecánico y el dueño desechó la idea de repararlo. El futuro consistirá en deshacerse bajo la hojarasca y los óxidos.

Han pasado muchos meses. La tierra y los pequeños animales que veo desde el vehículo al que estoy adherida me ayudan a adivinar las estaciones sucesivas. Las hormigas atareadas, el barro, la hierba que crece o la nieve que se diluye en el descampado miden mi lenta despedida.

La roña avanza sobre mis metales. También el musgo y otras formas de vida que se burlan de mi impotencia.

Oigo griterío humano y ruidos de máquinas mientras envejezco tan abandonada como vosotros.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

LOS HOMBRES INTERMITENTES

Amé, fui rechazado y desaparecí.

Me abandonó una mujer que, conforme se despedía, borraba mi cuerpo. Su ausencia me volvió invisible. Acudí al trabajo, donde hice las tareas de costumbre, pero nadie pudo notar mi presencia; entré sin ser visto en los lugares concurridos de siempre. Ningún familiar o conocido sufriría por perderme, porque también mi pasado se evaporó en sus recuerdos. Encontraron mi imagen en los álbumes y sólo distinguieron un fondo de vegetación indefinida. Los amigos se acercaron a mí como si atendieran a un bloque de aire.

Mi sufrimiento se apretó en una ráfaga con que tocaba a quienes me habían acompañado antes del eclipse. La soledad era pasar por debajo de aquellas ropas.

Años más tarde, quise a otra mujer. Ella retuvo el soplo del que surgieron dos brazos y piernas, unos labios pegados a los suyos. Saqué mis zapatos escondidos detrás de los arbustos, y regresé despacio a las fotografías. Y, cordiales, todos nos miramos envejecidos con naturalidad.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

DOS ESPEJOS PARALELOS

No sé quién tuvo la idea de construir esta vivienda para personas desaparecidas. Los primeros hombres que llamamos a la puerta ya veníamos con las facciones desdibujadas, como si una careta inexistente ocultase nuestros rostros, pero inmediatamente nos sentimos protegidos por el espacio.

El edificio pasaba inadvertido. Ningún caminante se detenía para fijarse en la casa también cubierta con una tela ilusoria que difuminaba las piedras y los balcones de su fachada. La intuición mecánica de los automovilistas impidió el choque contra un fantasma.

Al entrar en la residencia, cada nuevo habitante recogía los objetos que dejó extraviados en el último lugar donde fue feliz, y yo recuperé la urna con cenizas del caballo desde cuyo lomo vi a mi padre segar una pradera.

Nos acodábamos en los miradores, y de repente descubríamos, entre tantos paseantes, a quienes nos hirieron o abandonaron. Sin reconocernos, en ocasiones ellos hacían gestos involuntarios que eran saludos a sus víctimas.

Descendíamos a la calle para conducir hasta el refugio a otros hombres y mujeres de rasgos confusos. Se llenaron las habitaciones y hubo que ocupar y recomponer las ruinas de los inmuebles cercanos.

La ciudad se partió en dos espejos equidistantes que por más que crezcan no podrán encontrarse.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

VECINDARIO

Naciste mucho antes que yo, pero no envejeces.

Creo que saltaste de los labios de mis padres, y ya me trastornaron tus insinuaciones de maleza. Me marean, pensé, los terrones y las puntas de arbustos que deja ver a su paso.

Luego, excitado, te busqué en todas mis edades. De niño divisaba tu cuerpo inaprensible en cuadernos de hojas cosidas, pero huías por las toperas que excavaste debajo de los renglones. Removí con un palo los orificios de las madrigueras, y sólo encontré el zumo incitante. Siempre fuiste más ágil que mi deseo.

Tuve que padecerte en la adolescencia, cuando tu malicia me instigaba desde lejos. Querías que escuchase los gemidos que te arrancaban tus mejores amantes: el lector ciego, otro que vino de los Andes y un traficante francés. Me vacié en cada sonido y escribí:

Para que yo te ame,
ponte el pecado.

Hasta que los dos caímos en una de las trampas tendidas por tu humedad, y con zarpazos te desgarré el vestido de verano. Mi lengua serpenteó en ese barranco negro.

La fuerza de la juventud no pudo unirnos. Harto de mi incapacidad, te llamé prostituta del vacío y cualquier insolencia. Al anochecer me sentaba en una calle desierta y tú pasaste con un balde lleno de peces.

Ahora que recuerdo aquellas pasiones, nos visitamos en paz y agito tus regalos. Me diste tres botellas, dos en la infancia, una en la edad adulta; todavía paladeo tus voces que no entiendo. A cambio renuevo las antiguas picardías y digo te probaré despacio, hazte un ovillo y entra en mi boca, vecina palabra.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

PAISAJE VISTO DESDE EL SAXO DE JOHN COLTRANE

Los monjes del alcohol pasan el día en las calles y al anochecer regresan a sus monasterios de cartones rasgados.

Ya no buscan el retiro para ser anacoretas; toda la urbe es lugar solitario, porque los paseantes y conductores de automóviles circulan a una velocidad de viento repentino.

Los monjes se saludan levantando su muerte embotellada.

Se acercan algunos fieles que les sirven cucharadas del cuerpo de un dios diluido en humeante sopa industrial.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

BAÑOS

La primera vez se vieron en un país extranjero. El calor del desierto se metió en la medina de la ciudad y ya no supo salir del laberinto de una bandeja de cobre batido. A ella le apeteció entrar en las aguas de aquellos ojos. Nadó agitando los brazos con un movimiento circular, y al volver a la superficie llevaba adheridas algunas gotas azules de las pupilas del hombre que acababa de conocer.

A partir de ese día se encontraron con asiduidad. Al caer la tarde, ella lo esperaba en una esquina del callejón de los curtidores. Él aparecía aún con el gesto encorvado que mantenía al dibujar sólo las cosas posadas en el suelo: sombras de cedros, cubas de cal, cortezas, arenisca.
Pasaron meses recorriendo en silencio mercados de tapices de nudos.

Regresaron por separado a sus tierras. La mujer puso sus pocas pertenencias en un automóvil y rodó por ciudades de idioma desconocido. Coincidía con él en algún punto del viaje. Luego abandonó las carreteras para refugiarse en un barco. Nuevas ausencias con ocasionales escalas en las que el hombre repetía sus visitas de costumbre. A veces la mujer permanecía desnuda en la fosa del velero y, pasado el tiempo, observó que los rastros de los iris del amigo en su piel habían perdido fuerza. Vino la vejez montada sobre un banco de peces.

Fue también el momento en que supo que la enfermedad destruía el cuerpo y el coraje del dibujante, y acudió a despedirse. Se miraron intensamente. Ella volvió a sumergirse, como en un primer encuentro renovado, en los ojos del hombre. Estiraba y flexionaba simultáneamente las piernas en el agua. Cuando él se calló, la mujer nadaba de espaldas, sus brazos se movían alternativamente como un molino en los ojos del agonizante. Todo para absorber el azul regresado.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

MUÑECO Y GUÍA

Qué niños tuvieron un juguete tan grande.

Mide casi dos metros de alegría que asoma o esconde entre los árboles del patio, y camina con torpeza que no es tanto el achaque de la vejez como el deseo de provocar la risa de los niños. La belleza de su rostro ha cambiado sin morir.

Amigo de chamarileros, hurga en los objetos de lance y extrae una joya sepultada. Coloca su pieza en el refugio lleno de cubas y tinajas españolas, pergaminos medievales y estampas japonesas. Todo en un desorden aromático y acogedor.
Un atardecer se sentó a la mesa y dijo mi vida ha sido bella. Evocaba a su padre despiadado. La guerra en que me obligaron a participar me pareció piadosa por la lejanía de mi padre. Me desquité con un sueño: eyaculé hasta cubrir el sol. A partir de esa imagen, le hice frente sin miedo.

De joven decide marcharse a Argel. Lo recuerda con gestos que trazan una medina. Allí se enamora de una mujer que posaba para los retratistas y corregía sus errores. Cuando de noche bebemos un último trago y surge el nombre de la ciudad en que vivieron, el vino libera perfumes de aquellas callejuelas del Sur y hay un sol implacable en la nostalgia.
A menudo sus dedos tamborilean sobre los cristales de la puerta y trae alimentos asados con no sé qué hierbas. Descorcha las botellas. Ningún clima le altera el ánimo. La repetición del cielo gris no le impide apreciar sus matices. La lluvia, el viento, la escarcha y el calor son saludados por él con gratitud.

Intento vivir durante minutos las sensaciones del hombre al que se le acaba el tiempo y en cuyas manos larguísimas se transparentan unas venas azules, y me pregunto dónde nace su alegría. Caen algunos copos de nieve que celebro.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

MUERTE TRANSITABLE

Todas las mañanas, antes de empezar los trabajos del día, miro durante varios minutos las flores plantadas delante de mi puerta. A los pies de las dalias, unas hormigas recorren el tapiz de pétalos caídos. Con las derrotas que impone el tiempo ellas han construido su camino.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

CARTA A LEONARD COHEN

Ahí están las calles de compás negro, donde los cortejadores de la aguja calientan su porción de olvido. Suena un concierto de ambulancias sinfónicas.

Es invierno en París y, bajo los soportales, canta una mujer muy bella. Las miradas de los viandantes acarician su vestido de aguaturma. Ella sonríe desde la pobreza elegante, apoyada en una pared que parece un signo de interrogación, y a veces me habla con esa leve dejadez de quien habita en casas en las que nadie barre la tristeza. Al final canta tus canciones. Entorna los ojos y los versos se posan sobre un diminuto cadáver embozado en escarcha.

Sé que envejeces, Leonard, que oyes cómo en la habitación contigua gozan contra ti las mujeres amadas y que te alivias describiendo el peso de la melancolía cifrada en lluvia. Te convendría ver tu emoción hecha vaho que despiden los labios más peligrosos de mi urbe. Aunque nunca conquistarás a esta mujer que ya se ha comprometido en amor con tu palabra.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

BIOGRAFÍA

Hubiera agradecido algo de viento, que unas hojas y el polvo se moviesen entre los edificios rojos. Cuando llegué a la ciudad, mi perro caminaba como títere apaleado por la batuta del sol.

Busco a alguien que se llama como yo, que ha tenido una vida idéntica a la mía. Grito mi nombre a las ventanas y puertas cerradas. Al fin un hombre me ve desde su mirador enrejado, desciende y se aproxima mientras repito la llamada. Después, dos niños se unen a nosotros, y también los animales asoman su curiosidad temerosa. Poco a poco, aumentan los grupos de mujeres, muchachos y viejos que acuden a la cita. Todos desconocidos, en sus rostros se repite un rasgo común: mi mirada.

Dónde está el hombre al que llamo. Quizá no pueda abrirse paso entre quienes me acompañan. Caigo en el aire quieto. Ellos se disponen en círculo alrededor de mi ausencia.

(Del libro Los hombres intermitentes. Hiperión, 2006)

 

 

RETRATO DE UN HILO

La zumaya gorjea suavemente
sobre un cadáver y, mientras amanece, eleva
su delgado alfabeto.

Una muchedumbre avanza
con la mirada fija en la cosecha del río,
y ya se percibe a los que prenden fuego al muerto,
y la música que arde
como una leña triste.

Pasan dos hombres sobre una bicicleta ruinosa
cuando el aire, ese adiós que se respira,
riza su seda en el suelo.
Y llegan todos a la orilla:
el que habla entre bancales de almendros,
el de la belleza quemada,
el que lleva el mistral en los ojos,
el vagabundo que despliega
su cuerpo como un vaho,
una muchacha que amó las tormentas
y que ahora aspira a que su hermosura
sea una senda de agua,
un viejo que sueña con caballos
y bebe despacio su vaso de tiempo.

Ven en la existencia un decorado de la travesía
y en el hombre una migración suspensa.

Después miran en el río
el resumen de los que vivieron.
La corriente vuelca las quemaduras,
un mirlo termina el canto
y la luz se incrusta en sus propias pavesas.

Benarés, Ganges, octubre de 1991

(Del libro Retrato de un hilo. Hiperión, 2013)

 

 

GUÍA

Esa búsqueda fluye
para que el hombre no sea
sólo una pausa de la muerte.

(Del libro Retrato de un hilo. Hiperión, 2013)

 

 

ELOGIO DE LA PLANICIE

Retén estas horas anodinas
con falta de tesoro:
días de azul esquivo
y severidad de llanura.

Todo lo que ahora te inflige tedio
e indolencia para convidarte a la vida
erigirá con los años la añoranza
de dicha que descuidaste
o se posó delicada en tu desdén.

(Del libro Retrato de un hilo. Hiperión, 2013)

 

 

CITAS CON EL DICTADOR

Recibo la visita de mi enemigo.

Llevaba algunos años sin verlo
y, con algo de lástima, examino
su aspecto arruinado por la edad,
su traje de olvidada moda,
su valija de oscuridad inocente.

Aunque en lejanas geografías,
hemos envejecido juntos.
Nos saludamos con sorna que calcula
el mutuo hundimiento.
Yo, la víctima, sólo he abandonado
los dones momentáneos de la juventud.
A él, mi verdugo, el tiempo le ha roído
los cimientos de toda fuerza:
el misterio que impone su distancia a los otros.

Dolor, he aprendido tus maquillajes.
Construí un refugio de resistencia
en la penumbra que fuiste
durante las horas de tiranía.

Ahora, dolor, déspota senil,
me observas con inquina endeble
que parece un achaque de tu ocaso,
te contesto sin levantar la voz,
con odio liso.

Casi me apena cuando quiere amenazarme
con esa luz vaciada.

(Del libro Retrato de un hilo. Hiperión, 2013)

 

 

VISITANTES

Los días que viví se han unido y hablan en voz baja. Antes que yo empiece a escribir, ellos susurran: la poesía no es una delicadeza decorativa, sino una intensidad de la mirada que despierta a la conciencia.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

 

GENTE QUE CAMINA EN MI MENTE

De noche suenan los teléfonos y escucho las voces que llaman desde el país donde nací.

Me anuncian la muerte de una persona que conocí en mi infancia o juventud e, inmediatamente, siento la desaparición de un paisaje. La superficie que se desgaja deja en la niebla un torso, los brazos, los pies que fueron dos caminos paralelos. El roble y la higuera son ojos borrados cuando las frases salen del teléfono y entran en mis oídos.

En mis visitas a Lesaka, compruebo que los terrenos se han encogido. Las púas de los alambres que delimitaban las praderas sujetan ahora unos retales blancos, y el viento bate esos jirones de las ropas de los ausentes.

Otras llamadas siguen despegando las calles del pueblo, y aumenta el grupo  de hombres y mujeres que pasean en mi memoria al despedirse de una patria de huecos.

Pronto seré el viejo que lleva en un bolsillo toda la extensión de su tierra.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

 

LOS DESCALZOS

Todos mis familiares eran doctores en nubes o esclavos del horizonte, y pasé la infancia descifrando el suelo celeste: hormigas, guijarros, hojarasca. Mientras arreciaba la lluvia, me protegía debajo de una carreta y vi los pies de los segadores.

No tuve calzado antes de ser adulta, dijo la madre. Estas palabras fueron entonces mi Finisterre; las escuché pronunciadas sin reproche ni dolor.

Sus sílabas construyeron un muro compacto, con una altura que agujereaba las nubes.

La tapia se compone ahora de zapatos unidos por la penuria. Es el único material que ensambla los fieltros, pieles, lengüetas, cordones, suelas, ojales. También el clima se ajusta a la pobreza, y la grava, la hierba y el barro se volvieron transparentes en la frase con que una muchacha levantó la pared. Los sonidos de aquellas palabras son los cimientos.    

He vivido con la necesidad de abrir mentalmente una fisura en la tapia infinita de zapatos. Con cautela quito los primeros pares, vigilo el conjunto y trabajo temiendo su derrumbe. Despacio logro el hueco que mi ansiedad atraviesa.     

Al llegar a las tierras del otro lado del muro, compruebo que la vegetación y los minerales están envueltos en la niebla salida de mis ojos.

Camino guiado por unos destellos lejanos. La luz separa las brumas; viene de los pies descalzos de una niña.

Reconozco la silueta de mi madre y hacia ella me dirijo.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

 

LA ENTEREZA

El equilibrio fue mi padre.

En una tierra de coleccionistas de lindes, veíamos a pocos hombres con la altura de su serenidad. Imperturbable, el humor y la rectitud eran las dos fuerzas que compensaban su carácter, y con ellas dirigía nuestra niñez.

Nunca practicaba la pequeñez humana de escucharse sólo a sí mismo. Tuvo abierta la quietud para recibir las turbaciones ajenas, y nos daba cita en una habitación bien iluminada por la ironía.    

Las maldades lo aburrían, y a todas las reuniones aportó los panes y el escepticismo con deseos de ayudar.

Durante los meses de la enfermedad última, su cuerpo grande perdió tamaño. Pero los dolores no le redujeron la calma que aún nos acogía. Con una mínima seña desocupó parte de la impasibilidad y allí depositamos todos los miedos. 

También las palabras finales construyeron para nosotros un cobertizo con la grieta de la risa.

Seguimos sus instrucciones y embotellé la ausencia en los frascos de medicamentos de la despedida.  

Muchos años más tarde, noté su presencia muy lejos de los lugares que él conoció. Al acabar el verano, en la escalinata de las cremaciones de Benarés, unas mujeres lavaban las cenizas de los familiares muertos. En las cercanías, algunos ancianos caminaban impávidos. Sin alterarse, parecía que en sus mentes la mesura iba a apagar los fuegos de los crematorios.

De repente, sentí que sobre los peldaños de piedra empezaba a bajar el equilibrio de mi padre. Giró como una rueda hasta caer a las aguas del Ganges. 

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

 

ÚLTIMO VERANO

Tenía tres años más que yo y también me superaba en asombros.

De ingenio ágil, esbelta y con melenas rizadas, su movimiento casi continuo nos incitaba a vivir. La veíamos ascender una cuesta y al poco rato descendía impetuosa por una ladera.

Detuvo las exaltaciones en los momentos decisivos de nuestras vidas. Pacientemente se sentó a mi lado para que juntos mirásemos unos minerales extraídos de su ansiedad: las páginas de los libros que compraba para mí. A los catorce años empecé a jugar con aquellas sustancias cuyo significado parecía cubierto de tierra y raíces de alguna mina profunda.

A pesar de su juventud, mi hermana poseía intuiciones antiguas. Como el animal que no se equivoca de espacio y desentierra el alimento sepultado en horas de abundancia, sabía dónde buscarme las palabras. Seleccionó las líneas para desadormecer. Los domingos, antes de irse a sus distracciones de adolescente, dejaba a mi alcance las lecturas que había seleccionado: Francisco de Quevedo, James Joyce, Vicente Aleixandre, Octavio Paz.

El tiempo restante fue para la euforia y las oscuridades del fondo. Me trajo con puntualidad su provisión de inquietudes, pero por seguir su modelo luminoso lancé al aire un puñado de larvas que había arrancado de los textos de Lautréamont.

Era aún veinteañera cuando la enfermedad le redujo la alegría y el peso. Permanecía en silencio, y entre nosotros se adensó la niebla de los parajes donde ella rastreaba las palabras. Como si las frases hubieran igualmente adelgazado o perdido sus adherencias de gozo y misterio, dejamos de hablar.

En el último verano compartido, probó una postura. Nosotros nos agachamos para imitar su muerte recogida en el hueco de las palabras vaciadas.   

Cuando pienso en ella, palpo un obsequio: me acompañó para que yo supiera estar solo.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

 

BANDADA DE TIJERAS

Fue a finales de los años cincuenta del siglo XX. Mi hermana, en medio de un paisaje verde, lloraba mientras recorría un camino de tierra. Enseguida me describió las burlas padecidas en el colegio. Ella se expresaba en el euskera que nuestros padres nos enseñaron, y sus compañeros se reían. Para que yo no sufriera, me hizo aprender sin ira el castellano y sentí que con cada nueva palabra recibía un escudo. Así construí el muro detrás del cual Jorge Luis Borges, César Vallejo o Luis Cernuda me regalaron libertades. Comprendí que aquel refugio significaba igualmente una apertura.

Al poco tiempo, la democracia trajo deseos justos de recuperar los idiomas apartados por el franquismo. Entre algunos supuestos protectores del euskera no faltaron las desmesuras. Tachar los letreros viales escritos en español fue una de sus tristezas culturales preferidas. Con palabras borradas cerraron las mentes. Su desafecto hacia otras lenguas era la prueba de la insinceridad con que defendían la propia; vi que usaban esa aventura para llenar el vacío íntimo. Al cumplir años he perdido convicciones. Una de ellas sigue conmigo y sé que va a acompañarme hasta los últimos días: quien ama un idioma ama todos los idiomas.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

LA CASA DE MI PADRE

Desde la vivienda primero se veía el miedo y después el color verde del paisaje.

Ahora digo:

Defenderé la casa de mi padre contra la pureza y sus banderas ensangrentadas.

Para defenderla, regalaré cada una de sus piedras, ventanas y puertas. Las recibirán quienes no piensan como yo.

Los nuevos habitantes airearán los solivos y escaleras; alzarán el vuelo bajo de nuestros espíritus.

Defenderé la casa de mi padre abriendo una brecha en el tejado; por allí gotearán los idiomas y músicas venidos de tierras desconocidas o remotas.

En la defensa de la casa vaciaré el orgullo con que dibujamos una frontera de árgomas mojadas.

Descompuestas las paredes, ningún adversario vivirá ovillado en el nombre de un animal.

Sólo veremos un clavo enfermo en el sitio donde estuvieron las frases de quien justificó el crimen político. El silencio ha desnudado a los que callaron ochocientas veintinueve veces.

Sin enemigos, el poeta Gabriel Aresti se recostará aliviado en la nobleza de los lobos.    

Ofrecida la casa, impediremos que en el espacio de su ausencia y memoria los hombres sean extranjeros.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

CIEN PALABRAS GEMELAS

He llegado a la Zona Cero de Nueva York. Sin dejar de estar solo, soy un punto de la muchedumbre que se inclina y pone la cabeza en el pavimento. A él cayeron casi tres mil personas sacrificadas en nombre de un dios con las dimensiones del odio humano. En el suelo escuchamos ahora un mensaje. Dice: el grito era un gran bloque que nos impedía ver los paisajes. Con muchos esfuerzos musicales y simbólicos, conseguimos afinar la silueta del grito. De su interior, de las simas del pánico, sacamos estas pocas palabras: el triunfo consiste en no haber herido.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

CONOCIMIENTO

Ya la vi en los primeros días que recuerdo. Al principio la gota estaba a una altura inalcanzable: en las cimas de los grandes árboles, pendiente de una hoja invisible. La distancia no difuminaba la imagen, y percibí en su interior algunas palabras borrosas. Con el sol del verano la gota de agua aparecía sin sujeción en el horizonte.

Conforme crecí, la gota descendió hasta el alero de un tejado. Mis años fueron el imán que me acercaba a una esfera de palabras siempre ilegibles. Llegaron los días violentos de la juventud y ella los acompañó desde una tapia. En la edad que precede a la vejez la encuentro suspendida de los arbustos y hierbas. Solitaria, sobresale incluso en medio de la lluvia.  

Los viejos no caminan con lentitud por culpa de la carga del tiempo; sólo intentan no pisar la gota de agua caída al suelo de los últimos caminos que recorren. Hasta que los pies cansados rompen esa pequeña bolsa líquida. De ella salen libres las palabras indescifrables cuyo significado, por fin esclarecido, nadie puede transmitir.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

TRAVESÍAS

Desde los primeros minutos fui integrado en la locomotora. Mis pequeños mecanismos, bagajes y mercancías forman parte de uno de los vagones que la máquina arrastra. Nuestros rostros son las ventanillas.

Todos los cuerpos enlazados sobre los raíles viajamos al deseo, y la travesía es una búsqueda de frutas, sexo, monedas. Las necesidades trazan el circuito. Su azar guía a los conductores. Los demás viajeros nos atraen por sus sonidos en una curva, el brillo acelerado, las humedades violentas.

Velozmente exponemos e intercambiamos unos rótulos: posesiones, creencias, juicios.

Con las breves paradas de la locomotora, los pensamientos calculan el caudal del deseo: una imagen de los relojes que avanzan sin desunirnos de la juventud, unas lejanías de abundancia, la lujuria obediente.

El tren circula entre montañas nocturnas, dejando a un lado pueblos blancos con nombres de religiones, sistemas políticos, ideales.  De vez en cuando atropella a un ser solitario que, cegado por las luces, cruza el camino de la disidencia.

En la madrugada del extrarradio vemos cuerpos de hombres caídos, abiertos en canal por una reja de niebla.

Cerca de alguna estación, en un terraplén o túnel, mis engranajes empiezan a desprenderse de la máquina. Mi silueta de cables sueltos y vidrios rotos será abandonada en otra frontera.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

 

ORQUESTA DE DESPARECIDOS

Diariamente, al atardecer, escucho a los músicos. Si me traslado a algún país extranjero, ellos hacen el mismo viaje que yo y coincidimos en una explanada, en los mercados, en un refugio.

Los miembros de la orquesta recorren las rutas escarpadas y los desfiladeros de mi memoria. Los he visto de noche, extenuados, mientras suben a pie o en bicicleta una colina de mis pensamientos. Llegan empapados de recuerdos a las nuevas ciudades, pero los primeros compases que interpretan limpian sus ropas.

Las personas que se alejaron de mi vida forman la orquesta. Sus muertes o su desamor se han convertido en música.

Una mujer que me amó empuña el micrófono y canta con la cabeza llena de peces. Se palpa los animales marinos hasta que el pez del dolor despuebla su mente. Entonces, con las notas finales del blues, entrega a los oyentes un pequeño esturión que lleva en la boca los filamentos luminosos de los días que vivimos juntos.

El contrabajo lo pulsa otra antigua amante. No es bella sino algo más peligroso, porque ha nacido en un país de gatos libres. Mi padre y mi hermana abren sus ausencias con el arco del violonchelo. La madre golpea en el timbal nuestras pieles de ancianos bebés.

Encogido detrás de los instrumentos, el amigo que me traicionó pone cerca de sus pies de percusionista el sombrero adonde caen las monedas caducadas.

Soy todos los espectadores. En las filas delanteras se sitúan el niño sucesivo, el adolescente que caminó entre vidrios de diccionario, los jóvenes que fui.

Acabado el concierto, cada componente del público vuelve a adentrarse en mí y la orquesta de desaparecidos ve mi disolución en el paisaje.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

 

ORACIÓN LAICA

Sin templo ni dogmas, sin rito ni devociones, he desocupado un paraje mental.

Lo ocupará una piedad sin recompensas.

Piedad por los que únicamente conocen las libertades del silencio.

Piedad por quien ha crecido alimentado por los abandonos.

Piedad por los que al abrazarse aprietan una escalera solitaria en el cuerpo de la persona amada.

Piedad por los hombres que regresan a la infancia y aprenden más dolor en los hospitales.

Piedad por el apedreado en el callejón oscuro de las razas.

Piedad por nuestros habitantes perdidos en la sima de un pensamiento. De noche los encontramos mientras suben una montaña. Caminan con la energía de los antiguos esclavos.

Piedad por los que duermen o se despiertan sin cubrirse con los apellidos de una patria.

Piedad por quien llega solo y sin equipaje a los tribunales de su conciencia.                      

Piedad por los que desean a hombres y mujeres cercados en la niebla de un despeñadero.

Piedad por quienes con su amor disidente golpean los muros de la moral.

Piedad por los que sobreviven escondidos en una creencia.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

 

 

TESTAMENTO

Me gustaría que sobre mi muerte se plantase el árbol de la discreción.

(Del libro Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)